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Foro de Luna de Sangre

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Los relatos de viaje es una de las secciones más interesantes de Luna de Sangre. En ella nuestros jugadores relatan las aventuras que han acontecido a sus personajes. ¡Contribuye con tu historia!. Los jugadores que destacan especialmente reciben objetos difíciles de conseguir como premios.



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 Asunto: Las gemelas Mordegan: Diapenta y Quarta
NotaPublicado: 12 Feb 2008, 23:45 
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Diapenta, la Paranoia

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Aviso: La historia contiene algunas partes que pueden resultar algo desagradables. El aviso va sobre todo para los más pequeños.

Arco de Diapenta:

Diapenta: El Nacimiento.

Mi nombre... es Diapenta. Mis apellidos... no tengo. No los necesito. Los apellidos te vinculan con unas raíces determinadas, con unos seres que te quieren, que te aman. Yo no tengo de eso, yo no tengo raíces, sólo soy un corazón solitario, que vaga por la penumbra sin ninguna meta ni objetivo... pero vayamos por partes.

Os voy a relatar mi historia, mi triste historia, la historia de mi nacimiento. Os preguntaréis cómo me acuerdo, cómo soy capaz de relatar algo así. Bueno, en parte, soy especial, en parte, porque el hilo de la imaginación ha ido cosiendo los retazos que quedaban sueltos de aquellos acontecimientos, pero no sólo es eso, en absoluto... Si vosotros hubieseis vivido lo que yo en aquel momento, os acordaríais, por muy recién nacidos que fueseis...

Porque aquellos acontecimientos marcaron mi vida para siempre.

Gritos. Aullidos de dolor. Y sangre... mucha sangre... Una madre... Dando a luz. El acto más asqueroso y repugnante que, sin embargo, sirve para que otros entes puedan al fin vivir y salir al mundo exterior. Un acto de vida, de creación, rodeado de sangre, llantos y vísceras... asqueroso, simplemente asqueroso.

Un niño. Dos... Tres... ¿cuántos son? ¿Cuántos somos? Seis niños... Como las caras de un Dado, un Dado enorme que es tirado una y otra vez... un dado que decidirá nuestro destino... Nuestra vida... y nuestra muerte...

Mis ojos se abren... Locura... Delante mío... El ser odiado. El padre. El progenitor. Lunático... Alterna la mirada entre mí y mis hermanos. Su cara refleja una mueca de horror. Nos está mirando... y no le gusta lo que ve.

Los gritos de mi madre y los suyos forman un todo caótico que cubre la habitación. Mi creadora... agonizando tras un parto tan duro y doloroso que ni siquiera los mismos dioses habrían podido soportar. Y Lunático, con un cuchillo de carnicero en una mano... y un dado negro en la otra... Decidido a cometer el acto más deleznable para un padre... al menos para un padre normal.

"No lo hagas", suplicaba mi madre, empapada en sudor". "Son mis hijos, los quiero".
Pero él no escuchaba... Sus manos en la cabeza, el cuchillo rozando su frente. Gritaba. Se revolvía. Gritaba. "¡No quiero, seis no! ¡Seis no! ¡Sólo quería un hijo! ¡Sólo uno!"

Comenzó el ritual. El odiado, Lunático, nos asignó a cada uno un número, por orden de nacimiento. A mi me toco el cinco, la quinta en nacer, el número cinco que desde ahí en adelante me acompañaría y me atormentaría para toda mi vida. Ese número maldito, esa cifra tan temida por mi ser, que amenazaba con manifestarse cada vez que el dado de la Suerte y el Destino era arrojado a mis pies.

El dado giraba. Los lamentos de mi madre iban en aumento. A la muy estúpida se la estaba escapando la vida por la boca, pero no la importaba. Sólo pedía clemencia para sus retoños, una clemencia que no iba a ser concedida bajo ningún concepto...

La mecánica del "juego" era simple, y os la explicaré, queridos amigos... Como he dicho, cada bebé tenía asignado un número acorde al orden en que había escapado del seno materno. El dado era tirado, y un número salía. Lo rápido sería haber optado porque el número determinase al bebé ganador, que recibiría el premio de todos los premios, la vida... Pero no. La rapidez y la eficacia no entraban dentro de la mente de Lunático, que buscaba con ello más disfrutar que asegurarse su futuro, porque al fin y al cabo, seis bebés daban para mucho juego si disponías de un cuchillo, un dado, y una mente cuya perversión ofendería hasta al mismísimo Anahel.

El dado cayó, rebotó dos veces en el suelo, y salió un número: el tres.

El cuchillo cortó el aire y se clavó implacable en el costillar de mi hermanito. El grito del bebé sólo podía asemejarse al de un perro enano que estuviera siendo atravesado por una afilada lanza. Pero la puñalada no era mortal, pues eso arruinaría la gracia del momento.

Una, dos, tres veces más; el puñal caía y masacraba el indefenso cuerpo de la criatura, que agonizaba en su lecho de muerte, mientras la sangre salpicaba el rostro eufórico de mi padre, cuya risa infernal se tornaría aún más insoportable que los molestos lloros del bebé torturado.

Y la vida se fue. Y la vida de mi madre comenzó a irse también. Cada vez más elevadas, sus súplicas, mientras se arañaba y se dislocaba los dedos de sus manos, para conseguir una nueva sensación de dolor que aplacase el infierno de su propio corazón.

El dado volvió a caer. La suerte estaba echada.

Uno. El hermano mayor. Adiós amigo. Hasta nunca. No volveríamos a vernos más. Al menos éste no sufrió tanto. El cuchillo le rebanó la yugular haciendo que se desangrase como un cerdito color carne. Supongo que su patética constitución no había logrado ganarse el respeto de Lunático, que no perdió el tiempo jugueteando con él.

Cuatro. Esta vez el cuchillo se convirtió en un improvisado serrucho que gustaba de desmembrar las extremidades superior e inferior de la niña. A cada miembro que caía, la piel de mi madre se tornaba cada vez más y más pálida. Cada vez se la oía menos, y eso era porque se estaba muriendo... La verdad, era lo mejor que la podía pasar.

Al final el bebé murió desangrado. Siguiente por favor. No os hagáis de rogar hermanitos.

Tres. Repetido. Vuelta a tirar. Uno. Repetido. Tirada otra vez. El momento se hacía de esperar. La agonía se prolongaba.

Seis. Ahora el pequeñito. Que rico. Que lindo. Como se le deformaba la cabeza cuando el arma blanca se descargaba sobre ella. Delicioso. Mi padre nos tenía reservado a cada uno una muerte diferente.

A esas alturas mi madre ya estaba muerta. Lamentable. Ni siquiera pudo seguir viva para ver a su último hijo sobrevivir. Es... frustrante. Nunca sabría quien fue, tan mala madre era.

Ahora sólo quedábamos dos hermanos. Dos almas gimoteantes. Nos miramos fijamente. Seríamos pequeños, pero no imbéciles. Ambos sabíamos lo que iba a pasar. El dado iba a caer de nuevo, pero sólo uno sobreviviría a la tirada.

Las tiradas se repetían una y otra vez, minando la poca salud mental que a Lunático le quedaba. Arrojaba el dado, desesperado, chillando como un poseso, esperando el momento en el que el número de la suerte saliese. El dado se detuvo en cinco...

Pero rebotó una vez más, y nos mostró un salvador dos.

El cuchillo de mi padre se había perdido mientras se retorcía, así que optó por un nuevo sistema. Pateó al pequeño, hasta que no le quedó ni un soplo de vida. Teníais que haber visto la suela de mi padre teñida de sangre y cubierta por los riñones del bebé. Precioso.

Y ya está. Me había salvado. Ésa es la historia de mi nacimiento; ésa es la historia de mi vida.

¿Y qué fue lo que me salvó? Os preguntaréis. Está claro... estoy viva por un simple y absurdo juego de azar, por una miserable tirada de un dado.

Pero... ¿sabéis qué? Que no es tan malo... Me ayudó a comprender el sentido de la vida.

Porque, da igual lo que hagas, lo que te esfuerces, el espíritu que pongas en hacer las cosas... todo eso no importa, amigos... nada de eso importa.

Porque si la suerte está de tu lado, todo te irá bien.
Pero si la suerte se tuerce...

Me llamo Diapenta. Soy un alma atormentada, un alma en pena. Desde aquel momento no he dejado de sufrir. Desde aquel momento no he dejado de temer por mi vida, guiada sin rumbo fijo por las visicitudes de una simple tirada de dados.

Igual a vosotros la suerte os sonríe, pero para mí, ya no queda salvación.

Porque mi corazón está llorando...
Mi corazón está sangrando.[/b]

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Trama Principal: Gemelas Mordegan Personajes de la Trama: Diapenta, Quarta, Elian, Merle, Europa.
Historias secundarias: Anina Amatista Pirita Piedra Preciosa Chiwala Arael

Mi madre parió gemelos: el miedo, y yo (Hobbes). La tortura consiste en retener la vida en el dolor (Foucault).


Última edición por Mordegan el 06 Oct 2008, 11:00, editado 5 veces en total

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NotaPublicado: 16 Feb 2008, 19:03 
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Diapenta: La primera tirada.

Estoy rebuscando entre los trastos de mi habitación. No busco nada en concreto, ni tampoco pretendo encontrar nada. Simplemente busco, sin motivo aparente. Pero... ¿de verdad no estoy buscando nada? ¿Puede, acaso, que esté intentando encontrar las respuestas a mi atormentada e inútil vida? ¿Recuerdos del pasado, quizás?

Es posible... es posible que intente encontrar algo que me evoque aquellos momentos que viví, es posible que si me sumerjo en las aguas de mi memoria pueda encontrar alguna perla que me salve del abismo. Es posible...

Finalmente, encuentro algo. Es curioso como un insignificante objeto puede ligarse a la memoria de una persona, convirtiéndose en una puerta hacia el pasado de la misma. Lo que sostengo entre mis brazos es precisamente eso, una puerta... una puerta con forma de una muñeca de trapo.

Me gustan las muñecas de trapo. Son las mejores amigas que una niña puede tener. Juegan contigo a lo que tú quieras, y nunca te piden nada, nunca se quejan, pero están siempre contigo...

La mirada de la muñeca, que emana de sus ojos de botón, se cruza con la mía... Su boca se abre, me habla, me comenta... me dice... "no tengas miedo del viaje que vas a emprender a tu corazón, ni de lo que puedas encontrar una vez que hayas comenzado... no tengas miedo, Diapenta..."

La respondo: "Miedo es precisamente el sentimiento que me sobrecoge, aquél del que nunca puedo librarme, por más que lo intente". La miro, incrédula, y la pregunto: ¿Me prometes que si abro mi memoria a los recuerdos de mi infancia, encontraré un rayo de esperanza que ilumine mi oscuro y tortuoso camino?

"No te prometo nada, Diapenta, pues eso depente exclusivamente de ti, sólo de ti... Pero, ahora, recuerda como jugabas conmigo, recuerda como lo hacías, tú eras muy pequeña, pero también muy triste... Ahora que lo pienso, debías de tener unos diez años..."

Levanto la cabeza y dejo de mirar a la muñeca. La habitación me parece más grande ahora. Pero no sólo eso, hay algo diferente. Parece una casita de muñecas, las paredes pintadas de un rosa que al menos a mi se me hacía siniestro, y muñecas y juguetitos de peluche por todas partes. Mis ojos vuelven a posarse en mi adorada muñeca: "Tú siempre has sido mi favorita".

Ahora vivía sola con Lunático. Desde que mi madre y mis hermanos murieron, él me había criado como si fuera mi padre... Irónico, teniendo en cuenta como aquel día pudo haber acabado con mi vida sin la menor compasión, haciendo uso de su preciado cuchillo. En todo caso, había logrado enterrar todos los cadáveres sin ser descubierto, a pesar de los llantos y los gritos de dolor de mi madre, nadie se acercó ni se asomó para ayudarnos... si al menos una persona hubiese acudido en nuestra ayuda probablemente habría logrado impedir tal masacre, pero no... Todos los seres vivos de este planeta son asquerosos.

El caso es que yo me encontraba en mi habitación. Era una niña preciosa, con una cuidada melena morena, pero con la mirada perdida, con la mirada vacía. No sonreía nunca, y tampoco solía abrir la boca para hablar. No jugaba con los niños de mi edad, y ni siquiera salía de mi casa. Lunático había decorado la habitación como una pequeña casita de muñecas... eso era precisamente lo que era yo, una muñeca... un ser inerte y sin vida, una ricura, una monada, pero un ser sin vida al fin y al cabo.

Unos señores entraron en mi habitación. Eran unas personas más, así que no les presté atención. Pero ellos mostraban interés en mí. Se giraron hacia Lunático y le hablaron. Al parecer, creían que ya era hora de que fuese a la escuela. Lunático les daba largas, no quería saber nada de ellos, pero según esos señores, yo tenía la obligación de ir.

La escuela... que yo recordase no había recibido educación alguna hasta ese momento. Había vivido apartada de la realidad, una realidad que apestaba, así que tanto mejor para mí. No tenía ganas de ir a la escuela y ver las repugnantemente alegres sonrisas de los niños de mi edad, ni sus cuerpecitos llenos de vida correteando de aquí para allá... tales pensamientos me producían náuseas...

Cuando los señores se marcharon, Lunático me quitó la muñeca para atraer hacia él mi atención, y me comentó:

-Esos idiotas quieren que vayas a la escuela-.
-Pero yo no quiero ir- contesté.
-Hija mía, Diapenta... ¿desde cuando has tenido tú el control de tu vida? ¿Es que acaso olvidas que estás viva por una simple tirada de dados?-
-No lo olvido, y aunque quisiera, ya estás tú para recordármelo.
-Pero claro, tampoco podemos dejar que esos señores decidan lo que tienes que hacer, ¿verdad?- preguntó acertadamente-. Entonces- se cruzó de brazos y ladeó la cabeza- ¿como lo hacemos?
-Tiremos un dado- respondí yo con total naturalidad.
-¡Que buena idea, Diapenta! -me acarició la cabeza, gesto del todo vacío para mi. -Tiremos un dado, pero esta vez...-me sonrió dulcemente mientras me extendía aquel horripilante cubo- haz tú los honores, hija, creo que estás preparada...
-Está bien... -respondí sosteniendo el gran dado entre mis manos... ¿y cómo lo hago?
-Arrójalo al suelo -me enseñaba, orgulloso-. Si sale par, te quedas en casa, si sale impar, vas a la escuela.

Lo hice. El dado rebotó varias veces en el suelo. Cuando se detuvo, las picas, que simbolizaban a los números, mostraron la cifra:

Tres.

Y así quedó decidido que yo iría a la escuela.

Querida muñeca... de momento los recuerdos no me han mostrado nada, sólo confirmarme lo insulsa que es mi vida. Ya de pequeña no podía optar a tomar decisiones, la suerte tenía que tomarlas por mí. Pero no me rendiré... puede que, si sigo ahondando en los sucesos pretéritos, encuentre por fin lo que busco...

Una razón para no cortarme las venas de mis muñecas.

Offrol:

Vaya, me lo he pasado muy bien escribiendo este capítulo. Espero que vosotros también hayáis disfrutado leyéndolo. En el próximo se narran las aventuras (o mejor dicho desventuras) de la pequeña Diapenta en la escuela. Estoy deseando escribirlo, así que no tardará mucho en salir.

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Trama Principal: Gemelas Mordegan Personajes de la Trama: Diapenta, Quarta, Elian, Merle, Europa.
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Mi madre parió gemelos: el miedo, y yo (Hobbes). La tortura consiste en retener la vida en el dolor (Foucault).


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NotaPublicado: 23 Feb 2008, 18:20 
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Diapenta: Noviazgo

Querida muñeca:

Continuo buscando recuerdos de mi pasado, con la esperanza de encontrar la salvación. Pero esa salvación de momento me ha sido negada... Tal vez de remontarme a la etapa de mi entrada en el escuela logre descubrir alguna respuesta.

"¿Es que no recuerdas, Diapenta? ¿No recuerdas lo que sucedió en aquella mañana? Tú eras una chica muy reservada, sólo jugabas conmigo, y no te relacionabas con los demás chicos. Recuerdo a una niñita preciosa, a la par que siniestra, sentada en la hierba, mirándome fijamente como siempre me mirabas, y balanceándome de un lado a otro; y a tu lado ese dado que siempre llevabas. Los demás niños te observaban, pero ninguno se atrevía a acercarse a ti. Les dabas miedo...".

Pero uno de ellos era diferente, querida muñeca. Había un niño al que yo llamaba la atención. Era tan guapo... el pelo moreno y corto, y los ojos curiosos, posándose en mi. Yo le oía, oía como comentaba con el resto de sus amigos que le parecía muy guapa. Ellos le recomendaban no acercarse a mí, pero él hacía oídos sordos a sus consejos.

"Es que, no te das cuenta, Diapenta, que tu tienes un encanto particular. Tu oscura personalidad y tu mirada perdida atrae a aquellas almas que, inquietas ante lo desconocido, ven en ti una puerta hacia el misterio, un punto de vista diferente sobre la existencia, que ellos desean conocer. Ese chico era una de aquellas almas".

Y, cuando se aproximó a mí, mi conducta no cambió; seguía jugando contigo, indiferente ante lo que me rodeaba. Pero mi actitud no melló su determinación e, inclinándose hacia mi persona, posó sus labios en mi mejilla en un delicado beso. Tras eso, me preguntó: "¿Quieres ser mi novia?"

Podría haberle contestado con una extensa reflexión acerca de lo absurdo y banal que era el sentimiento del amor, pero estaba claro que no nos encontrábamos ante un amor a primera vista.

"Curiosidad, Diapenta, curiosidad..."

He de destacar que ese beso no significó nada para mi. No me ruboricé lo más mínimo, no experimenté sensación alguna. En todo caso, giré mi cabeza y le miré:

-¿Por qué?- le pregunté.
-¿No quieres ser mi novia? -estúpida inocencia infantil, aunque muchos maduros son iguales en mentalidad.

Entonces le respondí lo único que le podía responder. Tener un novio implicaba tomar una decisión importante, al menos sería una compañía que haría más agradables mis días en la escuela, o eso pensaba yo... Quizás el calor humano, aunque sea de un estúpido infante, lograse inspirar algo de vida en mí. Como lo que iba a hacer no era cosa baladí, le sugerí que fuésemos a algún lugar apartado.
Nos escondimos tras una arboleda, lejos de las molestas miradas del resto de los impúberes. Este momento podía llegar a ser infantilmente romántico, y teníamos que estar los dos solos.

Ya apartados, le enseñé el dado. Lo miro con extrañeza, sin comprender qué era lo que yo pensaba realmente. Se lo tuve que decir:

"Si sale par, seré tu novia" "Si sale impar, entonces te aguantas".

Lejos de sentirse molesto, al niño -cuyo nombre por cierto no conocía- pareció divertirle la idea, y sin pensárselo dos veces contestó:

"Vale".

La suerte estaba echada. El dado voló por encima de nuestras cabezas, describiendo una parábola en el aire, para después caer al suelo, mostrando...

Me llevo la mano a la cabeza. Hay un retazo de mi memoria que falta. No recuerdo nada de lo que aconteció inmediatamente después. Sólo se que por la noche, me despertaron unos gritos resonaron por toda la ciudad. Eran los de una madre, que acababa de presenciar el mayor de los horrores. Al día siguiente supimos que era: lo que había visto, lo que la madre había contemplado con horror, era el cadáver de su hijo, muerto, estrangulado tras la arboleda.

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NotaPublicado: 09 Mar 2008, 14:38 
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Diapenta: Compañero

Los recuerdos de mi infancia sólo me han dejado más confusa aún, y mas sumida en mis propias miserias. Ahora recuerdo como desde aquel día los niños me temían aún más, aun cuando ni yo misma se si tuve algo que ver con la muerte del infante.

Aislada, sola, sin amigo alguno, sin relacionarme ni con mis profesora ni con mis compañeros, así transcurría mi vida por aquellos tiempos, sin nada que merezca la pena ser destacado.

"Pero Diapenta, continúa buscando en tu imaginario baúl de los recuerdos, es posible que encuentres algo más sobre tu existencia como niña perdida, busca, Diapenta..."

Hago caso a mi muñeca. Tengo que encontrar algo más, algo significativo, algo que haga salir del letargo a mi adormilada memoria. Y lo encuentro...

Lo sostengo entre mis manos, mirándolo con incredulidad. ¿Qué es este extraño objeto? Parece un cuenco de barro. Un cuenco... ¿que me mostrará este extraño objeto?

Giro el cuenco y lo examino por todos los lados; tiene un nombre grabado, lo leo.

"Septem".

¡Espera un momento! Ahora lo recuerdo. Recuerdo aquel nefasto día. Acababa de cumplir los doce años. Sí... todavía seguía siendo una niña, aunque algo más crecida. Mi capacidad para comunicarme con el mundo exterior decrecía cada vez más, y por ello Lunático decidió hacerme un regalo muy especial.

-Hija, no quiero que pases toda tu vida sola. No hablas con nadie, no has conseguido hacer ningún amigo. Necesitas a alguien con quien relacionarte. Yo te he proporcionado amor, pero necesitas algo más. Dado que las personas son un caso perdido para ti, he decidido buscar algo con lo que puedas conversar, que te escuche, que te quiera, y no esa asquerosa muñeca.
-¿Qué tiene de malo mi muñeca?- pregunté.
-¡Tu muñeca es... es... es una muñeca! Está bien como juguete, pero no puede sustituir a un amigo, a un compañero.
-No eres el más indicado para decirme eso, puesto que tú, desde que ella murió, siempre has estado solo...-era verdad. ¿Quién era Lunático para cuestionar mi forma de actuar? No era nadie, sólo alguien que había acabado con la vida de los seres que se supone debían ser lo más importante para él, algo que todo el mundo considera superior a la amistad, al compañerismo... la familia.
-Veo que eres imposible. Está bien. Es un regalo de cumpleaños. Tira el dado para ver si aceptas mi regalo, como en todos tus cumpleaños.
-Sólo si sale impar lo aceptaré.

Sostuve el dado entre mis manos, dispuesta a que tomase la decisión de si aceptar aquel misterioso regalo que Lunático había preparado para mi. Recuerdo que el año pasado me quedé sin ningún regalo por eso, pero no me importó. Al fin y al cabo, los regalos son sólo cosas materiales, que en ningún caso pueden llenar mi vacío.

Algo inesperado sucedió. Antes de que pudiese tirar el dado, una criatura se abalanzó sobre mi. Era pequeña, peluda, y su apestoso aliento penetraba por los orificios de mi nariz mientras su babosa lengua se pasaba alegremente por todos los rincones de mi rostro.

Un perro. Un perro... Un perrito pequeño, que cualquier persona consideraría adorable. Pero yo, lo único que deseaba, era quitármelo de encima; me repugnaba.

Con todo eso no me había dado cuenta que el dado había caído lejos de mi, y cuyo veredicto ya había marcado mi destino. Lunático también había ignorado ese hecho, y sólo se fijaba en aquella "enternecedora" escena; una niñita intentando apartar inútilmente a un insistente chuchillo al que le sobraba más cariño que pelos en el cuerpo.

Comencé a revolverme, me tumbé en el suelo, y logré arrojar al perro por los aires, pero éste, en vez de asustarse y salir corriendo con toda la velocidad que le permitiesen sus cuatro patas, pensó que estaba jugando con él, y se abalanzó sobre mí, continuando con su inmisericorde oleada de lametazos y meneando el rabo tan deprisa que parecía que le fuese a salir disparado en cualquier momento.

Lunático comenzó a reir, y mis ojos se abrieron como platos. ¿Hace cuanto no oía a Lunático reír? ¿Había reído alguna vez? ¿Es que aquella escena le parecía risible?

En ese momento el paranoico se acercó y colocó un objeto detrás del perro... era el cuenco de barro. Acto seguido, vertió en él una considerable cantidad de agua. Aquello hizo reaccionar al insoportable cuadrúpedo, que se giró sobre sus patas y empezó a beber del cuenco como un poseso, mientras su rabo revolucionado hacía cosquillas en mi naricita.

"¡Atchuuu!"

Y las risas de Lunático se elevaron hasta extenderse por toda la casa. Y yo noté una extraña sensación, algo que no había sentido nunca. Mi boca comenzó a formar una mueca extraña, una expresión que nunca antes había mostrado al mundo. Leve, tímida, se asomaba...

¿Una sonrisa?

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NotaPublicado: 25 Mar 2008, 17:03 
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Diapenta: Canino

Ya tenía un nuevo compañero... un perrito, un inocente perro que me sería fiel, que no juzgaría mi forma de ser, que me querría tal como soy. Un perrito que podría cambiar mi vida para siempre. Lunático lo sabía, y por eso me lo había regalado.

Por un instante, aquel extraño sentimiento de... ¿ternura? que me embargaba me hizo olvidar al Dado Negro. No sabía donde estaba, tampoco me importaba. Ahora mismo estaba demasiado ocupada acariciando al canino.

"De acuerdo, Diapenta, ahora ve a la calle a jugar con tu nuevo amigo, tu primer amigo me atrevería a decir. ¡Pero antes presentaos! Septem, ésta es Diapenta. Diapenta, Septem".

Septem... el séptimo de la familia. No le había puesto ese nombre por nada. Lunático sabía lo que se hacía. A pesar de estar loco, su mente es muy preclara. Quería formar una familia, el padre, la hija... y el perrito. ¿Podía haber algo de malo en ello?

-Bien, querida hija, ahora que tienes al perrito, ¿por qué no vas a pasearlo? Estoy seguro de que llamarás la atención de todos los niños y querrán ser tus amigos.
-De acuerdo, déjame que lo decida por el dado...-respondí coherentemente, pues ninguna decisión podía ser tomada sin el Dado Negro.
-Pero Diapenta, si ya te he regalado al perrito, y lo has aceptado, va de suyo que tendrás que cuidarlo, para eso no necesitas un dado... ¿no crees? Anda, sal ahí fuera y diviértete.

Puede que tuviese razón, puede que cuidar al perro y jugar con él estuviese implícito en tener uno, y por lo tanto no necesitase el dado. Así pues, salí con él. Todo fue tal y como Lunático había predicho. En cuanto el resto de los niños de la Villa Talking me vieron salir a la calle con mi alegre compañerito, corrieron deprisa a jugar conmigo.

-¡Oh, Diapenta, tienes un perrito!-grito entusiasmado un niño.
-¡Qué mono es!-rió una niña.

En un instante, me encontré rodeada de niños de todas las edades, compañeros míos y no, que querían conocer a Septem. Me sentía... bien. Me sentía bien, sí. Éste era el comienzo de una nueva vida, una vida en la que ya no tendría que seguir aislada. Porque mi nuevo amigo me había abierto los ojos, el cariñoso y juguetón Septem, que correteaba nervioso entre los niños, saltando y brincando y lamiendo manos y caras por doquier, me había hecho ver que las relaciones con las personas podían ser bonitas. O eso creía...

Pensamientos oscuros pasaron por mi cabeza. ¿Y si los niños sólo se acercaban a mí por Septem? ¿Y si sólo querían estar con él, y para nada conmigo? ¿Cómo debía sentirme yo? Pero lo cierto es que pronto esos pensamientos se disiparon, cuando los niños me vieron de otra forma, no como era o había sido en realidad, sino como una niña más una de sus compañeros... una adorable niñita con un no menos adorable perrito... y comenzaron a hablar conmigo.

Pero lo cierto es que no estaba acostumbrada. No estaba en absoluto acostumbrada a estar rodeada de tanta gente pendiente de mí. Y, de hecho, me empecé a sentir incómoda... no sólo incómoda... agobiada. Comencé a jadear, sin poder evitarlo. Era como si me faltase el aire. Me puse de rodillas en el suelo. Los demás me miraban, asustados. Era el centro de atención... Sus ojos se clavaban en mí, volverían a mirarme como siempre me habían mirado. Pero, para mi sorpresa, no fue así.

-Cálmate- me dijo un niño, y me ayudó a levantarme.
-Perdón, no estoy... acostumbrada a que la gente... quiera estar conmigo- confesé.
-Tranquila- me acarició la cabeza tiernamente-. Ahora somos amigos, ¿no?
-¿A...amigos?-balbuceé.
-Sí... ¿sabes? Los mayores no nos dejan estar contigo. Dicen que tú mataste a Lumino, pero yo no lo creo. En verdad... sólo eres una chica. Además... no pareces tan mala.

Lumino... se referían al niño que me dio aquel beso. ¿Pero lo maté yo? Ya no recuerdo... lo único que se es que tiré el dado, y...

¡El dado! Se me había olvidado dentro de casa. Tenía que volver a por él. No sabía estar sin el dado. Además, lo necesitaba para decidir si me haría amiga de esos chicos o no...

Giré sobre mí misma y corrí hacia mi casa. Llamé a Lunático para que me ayudase a buscarlo, pero no respondió. Se habría ido, como hacía tantas veces, y probablemente no volvería hasta la mañana siguiente...

Por suerte, logré encontrar el dado. Había rodado debajo de una silla. En cuanto lo ví, yo...

No recuerdo que pasó. Sólo se que salí de mi hogar con aire decidido, agarré a Septem, y lo llevé de vuelta, ante las miradas atónitas del resto de los niños. Lo demás... lo demás... está en blanco.

Abrí los ojos. Estaba en mi cama. Había amanecido. La cabecita de Septem asomaba por la almohada, probablemente habría dormido conmigo. Tenía la lengua fuera, y los ojitos cerrados. Muy mono.

Pero espera... algo no iba bien. Un olor... extraño pero a la vez... familiar... inundaba la habitación. Y notaba... una sensación extraña en mi cuerpo, como si toda la cama estuviese manchada, pero... ¿de qué?

"Septem, ¿qué pasa? ¡Septem!"

El perro no se movía. No parecía ni respirar. Le agarré de su cabeza, y le acaricié. Después tiré para sacarle de mi cama, pero sólo quedó entre mis manos su cabeza decapitada...

Terror. Septem. Mi perro... tenía... agarrada su cabeza... el resto de su cuerpo... no estaba. ¿Qué estaba pasando? No podía ser. Terror. Angustia. Angustia. No podía ser... ¡Septem!

Me desarropé rápido, y lo que observé me llenó aún más de terror. Toda mi cama, toda ella, estaba llena de sangre.
Entonces chillé. Chillé como nunca había chillado. Y el sonido de mi grito hizo eco por toda la habitación, busco salida por la ventana, y se expandió por todo Talking Island...

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Diapenta: La mueca de la venganza

¿Qué es lo que había podido pasar? ¿Por qué mi perro había aparecido muerto en mi cama? No podía hallar explicación alguna. Pero era tan injusto... ahora que por fin había encontrado la felicidad, ésta me era de nuevo arrebatada, de la forma más cruel y dantesca jamás imaginable.

"Diapenta" mi muñeca me hablaba. "No pienses que eres una criatura olvidada por los dioses, destinada a sufrir eternamente... sigue ahondando en tu memoria, porque descubrirás que alguien te quiere, te ama... vuelve a tus recuerdos, Diapenta..."

Los dioses... no tienen ninguna presencia en nuestro mundo... ni se preocupan por mí, ni me quieren. Soy una rosa marchita, una flor que ha crecido en los infiernos... nunca encontraré el amor ni el cariño de nadie.

Pero no... no puedo resignarme. Tengo que seguir buscando, encontrar algo... seguiré, continuaré por el tortuoso camino de mis memorias...

Esta vez... el camino es el de un bosque. ¿Que hago yo allí? Camino despacio, con la cabeza agachada, las lágrimas resbalando por mi atormentado rostro...

¿Lágrimas? ¿Es que yo alguna vez tuve sentimientos? Primero alegría, ahora tristeza... ¿realmente yo, en algún momento de mi vida, podía sentir esas cosas? Porque ahora no siento nada... nada en absoluto; las emociones han abandonado por completo mi alma y se han dispersado por el mundo, en busca de alguien de pueda recogerlas, atraparlas con sus manos, y devolverlas a su legítima dueña... Diapenta, la perdida.

Giro mi cabecita, mirando detrás mío... Allí está, acompañándome... Lunático. Apoya una de sus manos sobre mi hombro, intentando consolarme... pero no puedo encontrar consuelo alguno ante la perdida de mi querido amigo...

Ahora que me fijo, lleva algo cargado en su hombro... una pala, y un pequeño saco, de color marrón, pero manchado de un siniestro color rojizo... No puede ser otra cosa que...

"Pronto habrá terminado todo, mi querida Diapenta... pronto habrá terminado...".

Era de noche... pero aunque el sol hubiese brillado, sus rayos no habrían podido penetrar la espesura del bosque... Estaba claro que Lunático pretendía hacer lo que teníamos que hacer lejos de cualquiera que nos pudiese observar.

Al cabo de un rato más de caminar, Lunático me hizo una señal para que nos detuviésemos. Lo hicimos. Entonces, comenzó a cavar, lenta, parsimoniosamente, creando un agujero cada vez más hondo en la húmeda tierra.

Cuando consideró que el hoyo era lo bastante hondo, se dispuso a arrojar el saco al agujero, pero éste se abrió, y la cabeza de mi difundo amigo rodó por el suelo, hasta mis pies...

Sus ojos y los míos se cruzaron. La mirada que reflejaban sus muertas pupilas era una mirada acusadora. Aterrada, intenté retroceder, pero era imposible... el poder de su mirada me tenía completamente paralizada. Y en ese momento... en ese momento... el perrito abrió la boca, y pronunció mi nombre... mi nombre...

"Diapenta..."

Me llevé las manos a la cabeza y empecé a gritar, presa del pánico. Lunático enseguida se abalanzó sobre mí y me tomó entre sus brazos, interponiéndose entre la cabeza parlante y yo...

"Diapenta, Diapenta... ssssssh... no grites, mi niña... mi niña..."

El abrazo de Lunático tuvo un efecto relajante sobre mí. No tardé mucho en dejar de gritar y, poco a poco, comencé a tranquilizarme. Pero el momento no duró mucho. Sin que ninguno de los dos pudiese percibirlo, una silueta saltó sobre nosotros, y derribó a Lunático.

"¡Mordegan!"

Aparto la vista de mis recuerdos un instante. Mis ojos se quedan totalmente abiertos y las comisuras de mis labios se separan levemente... ¿Mordegan? ¿No es ese... el apellido de Lunático? La muñeca me lo confirma:

"En efecto, Diapenta, ése es el apellido de Lunático, del que tú renegaste... pero sigue contemplando la escena, y luego juzga por ti misma los acontecimientos..."

Y vuelvo a sumergirme en mi memoria. Allí se encuentra Lunático, tumbado en el suelo, sus ojos clavados en la figura que nos ha atacado. Era un hombre, de mediana edad y complexión media, pelo corto y castaño, y una expresión llena de ira... El hombre, furioso, sostenía un cuchillo con su temblequeante mano...

-¿Qué es esto, Mordegan? ¿La nueva víctima de tu hijita Diapenta? ¿Es que ni su propio perro está a salvo de sus ansias destructivas?
-No se de que me hablas, Marcurius-contestó mi padre- no tienes ninguna prueba de que Diapenta asesinará a tu hijo.

Marcurius elevó la mirada hacia el cielo y le respondió con una sonora carcajada, para después volver a mirar a Lunático, esbozando una retorcida mueca.

-Mordegan, ¿no me digas que sigues creyendo en la inocencia de tu hija? ¡Recuerda lo que pasó, la niña fue la última persona que estuvo con mi hijo antes de su muerte, y su cuerpo apareció en el lugar donde estuvieron aquel día!

Ahora lo reconocí. Aquella persona, llamada Marcurius, era el padre del hijo que apareció estrangulado. Pero... ¿de verdad creía que lo había matado yo?

-Escucha, Marcurius, no saques conclusiones precipitadas, escucha...
-¡Cállate!-le interrumpió- Tu hija es un peligro para todo Talking Island, no puedo permitir que siga con vida... ¡U otros correrán la misma suerte que mi hijo!
-¡A ti no te importa lo que les pase a los demás!-le gritó Lunático- ¡Lo único que buscas es venganza!
-¡Por supuesto que es lo que quiero! Mi hijo no paraba de hablar de tu niña... Le gustaba. Quería acercarse a ella. Pero tu hija no podía permitirlo... ¿verdad? ¡Así podrá seguir regodeándose en su rol de auto amargada!

Detuvo la conversación durante un instante, esperando alguna respuesta por parte de Lunático. Como no se la dio, continúo:

-En aquel momento no se hizo justicia. Tu hija debería haber sido sacrificada como un perro. Desde entonces... desde entonces... -se llevó una mano a la cara, cubriéndose parte del rostro- he estado observando a Diapenta, esperando el instante en que su verdadera naturaleza volviese a aflorar. Sospeché mucho cuando os vi salir del pueblo con un saco manchado de sangre... ¡y ahora por fin lo se! -elevó sus brazos al cielo, triunfante- ¡Tu hijita, Diapenta, es una maldita asesina! Y a su edad... ¿Qué podrá llegar a hacer cuando sea mayor? No... -negó con la cabeza- No puedo permitir que crezca...

El que se hacía pasar por mi padre intentó incorporarse, pero una poderosa patada de Marcurius en su cara se lo impidió. Aprovechando que se retorcía de dolor por el suelo, tapándose el rostro con las manos y sangrando por la nariz, el hombre se lanzó sobre mí, dispuesto a clavar su daga en mi pequeño corazón...

Por fortuna, puede esquivar su embestida, pero eso no le hizo cejar en su empeño de acabar con mi vida. Giró sobre sus talones, y cargó de nuevo sobre mí...

Lo que ocurrió... no puedo explicarlo bien. No se si sería un acto reflejo, o fue su propio espíritu el se adueñó de mi y me impulsó a hacerlo, pero lo cierto es que me agaché con sorprendente agilidad, agarre la cabeza de Septem, y la utilicé como escudo para parar su ataque... como resultado de la maniobra, la daga quedó clavada en el cráneo de mi amigo, que, incluso después de muerto, se había preocupado por mi... y me había salvado la vida.

Marcurius y yo comenzamos a forcejear, intentando cada uno hacerse con la cabeza del perrito. Al final, su superior fuerza pudo sobre mi, pero antes de que pudiese extraer la daga, Lunático se levantó, y descargó un brutal golpe con la pala, agarrada con ambas manos, sobre la cabeza del atacante, hundiendo su cráneo.

El cuerpo del vengador cayó inerte al suelo, pero Lunático no se detuvo ahí... comenzó a masacrar su muerta carcasa con la pala, propinándole un golpe tras otro. La cabeza quedó totalmente aplastada, con la boca sobresaliendo y formando una mueca aterradora. Trozos de materia gris salieron volando, y salpicaron mi vestido.

El asesino loco siguió martirizando al difunto Marcurius; los golpes quebraron sus huesos, destrozaron sus costillas, hundieron su tórax... hasta que el cuerpo quedó convertido en una masa amorfa sanguinolenta. Y durante todo el proceso, una sonrisa de auténtico psicópata dibujada en el rostro de Lunático...
Los recuerdos terminan ahí. Posé mi mirada en la muñeca de trapo, esperando alguna respuesta por su parte, pero no la obtuve. Volvieron a mi mente las palabras que pronunció anteriormente:

"Juzga por ti misma los acontecimientos..."

Y debía juzgarlos. Pues... ¿aquel hombre con el que compartía mis días, que cuidaba de mi, era un asesino enfermo sediento de sangre... o un adorable padre, pletórico de amor, cuyo único deseo era que su hijita del alma fuese feliz, por encima de todo?

Lunático Mordegan... ¿qué eres en realidad?

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NotaPublicado: 23 Jul 2008, 13:38 
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Diapenta: Los prodigios de Einhovant

Llevo mucho tiempo queriendo escapar de mi pasado. Huyendo de él, escondiéndome allá donde no pueda perseguirme ni atormentarme. ¿Por qué lo he hecho? ¿Por qué no he querido enfrentarme a mis últimas memorias, si es lo que precisamente había deseado? Era esa sensación de que algo, años ha, había despertado ese... ¿cómo lo llamó aquella persona, "El hombre de los mil hermanos"? Monstruo...

Así es, mírenme. El dolor de los demás me alimenta. Todas las excusas que he buscado para justificar mi comportamiento han quedado sólo en eso, en meras excusas. Mi amiga Anina, a la que devolví la vida, poseída por el Demonio Pavoroso; un libro me ordenaba amputar miembros de seres vivos; realmente el libro no decía tal cosa.

Así es, mírenme. Me regodeo en el sufrimiento de los demás. Mis dos dagas, mis dos pequeñas joyas, son la puerta al dolor ajeno, a la tortura, al placer y a la excitación. Bipolaridad, me dicen que tengo. Demente me llaman. Desviada mental. ¿Es eso cierto? Yo no estoy loca, sé que no lo estoy.

Las respuestas a eso... deben hallarse en el último recoveco de mis recuerdos. Pero algo terrible me sucedió, y no quería afrontarlo. El vil Praeter, asesino invisible, me ha estado vigilando, persiguiendo, apuñalando por la espalda pero a la vez cuidando de mi. Ahora se ha convertido en mi siervo, una oscura manta... que no es más que la muñeca que durante tantos años me ha acompañado, y que tanto dolor ha compartido conmigo.

Ahora me encuentro frente a él. Flotando, me mira, rostro impasible.

-¿Te has decidido por fin?
-Hazlo- Le contesto.
-Sea pues, has llegado al final del camino, y lo que veas no te va a agradar, pero es tu pasado; te guste o no, lo has vivido, no puedes huir de ello... y ahora... ¡se protagonista de tu propia vida pretérita!

La manta se abre, desvelando un agujero oscuro, un torbellino negro que me arrastra. Y yo no me resisto. Ya me he rendido, me dejo llevar, mientras me absorbe, lo voy viendo, a mi, con dieciséis años, hablando con mi padre...

-¿Una escuela de magia?
-En efecto, hijita, me gustaría que te instruyeses en la escuela de Einhovant.
-Pero... ¿por qué?
-Mira, Diapenta. Por tu forma de ser, te vas a acabar metiendo en muchos problemas. Quiero que, cuando eso ocurra, puedas defenderte. Por eso he estado pensando que deberías aprender a luchar. No das la talla como guerrera, pues no tienes ni la altura ni la constitución precisas, pero creo que como maga te iría bien. He estado hablando con los profesores de Einhovant, y te enseñarían magia básica de todas las disciplinas, a raíz de lo cual tú escogerías la que más te gustase.
-Eso sólo lo puede decidir el azar... y para ello, tiraré el dado, primero para ver si realmente aprendo a luchar, y luego para decidir si seguiré entrenamiento de guerrera, o de maga...
Sorprendentemente, aquél al que tanto tiempo llamé Lunático, en vez de desesperarse o enfadarse, me miró a los ojos mostrando una sonrisa de confianza, como si ya supiese de antemano el resultado.

-Adelante-me animó.
-Sólo aprenderé a luchar si sale impar.

Y el dado fue lanzado. Y el número mostrado. Un tres. Mi vida había quedado marcada.

Fruncí el ceño. Y él sonrió complacido. Me preparé para la segunda tirada.

-Par, aprenderé a luchar como guerrero. Impar, lo haré como mago.
-Ajá- no entendía su actitud, tan confiada.

Pero por algún motivo parece que estaba justificada. Un uno decidió que yo me formaría como maga.

Y no pudo evitar reírse ante mi cara de estupefacción.

-No lo entiendo... Es... como... si supieses... que iban a salir esos números... Pero eso no puede ser...
-No lo sabía, hija; el resultado de una tirada nunca está predestinado, si bien confiaba con toda mi alma en que el azar decidiría que fueses maga. Y ahora... te presento a tus compañeros. Estos son los alumnos más avanzados de la escuela, y me han comentado que están interesados en ayudarte a mejorar. Hazles tanto caso a ellos como se lo harías a los profesores.

En ese instante la puerta de mi casa se abrió, y entraron tres jóvenes, dos chicos y una chica, de edad algo mayor que la mía, probablemente se situasen entre los dieciocho y veinte años. Todos ellos ataviados con sencillos vestidos, contemplaban mi confundido rostro, y me sonreían con dulzura y simpatía.

Viendo que yo no reaccionaba, uno de ellos, de pelo rubio ligeramente largo y unos ojos azulados que a mi, inexplicablemente, me parecieron hermosos, se me acercó y, tomándome de la mano, me dijo:

-La famosa Diapenta se une a nuestra escuela. Es un honor tenerte con nosotros. Deja que cuidemos de ti y hagamos de tu hermoso ser una gran maga- acto seguido, me besó la mano, y yo noté como se me subían los colores, cosa que me desagradaba, pero que no pude evitar.

Tras ese gesto, me soltó la mano y retrocedió unos pasos, situándose de nuevo entre sus dos compañeros. Entonces procedieron a presentarse.

-Me llamo Desmel- de sus labios salieron esas palabras mientras hacía una elegante reverencia.
-Yo soy Marlena- siguió la chica, pelirroja con melena, y pecas salpicando su rostro.
-Y yo... me llamo Adion- se presentó por último aquél chico, moreno, con voz ligeramente apagada y con el rostro algo pálido. Me recordaba a mi en cierto modo.

Bien, Diapentita mía, estos son tus compañeros. Mañana conocerás a tus profesores, y empezarás tu entrenamiento.

-Lo primero... que te enseñarán... será el conjuro del Proyectil de Viento... es lo más básico... -me informó Adion.
-Eso en cuanto a magia de ataque. También aprenderás la Autocuración, por si alguna vez te haces daño- comentó Desmel guiñándome un ojo, lo que me de nuevo activó mi rostro, que se ruborizó, pese a mi resistencia a ello.
-Y de bendiciones, las más básicas también, entre ellas te podrás concentrar mejor en tus conjuros- me sonríe Marlena.

Unos nuevos compañeros, una nueva vida. El camino de la magia se abría ante mi. Sin embargo yo ya sabía que no llegué a terminarlo. Algo ocurrió, me lo dijo el profesor Gallint, cuando volví a Isla Talking, en un viaje con mi querido Clay. Pronto descubriré todo... estoy preparada. El pasado que marcó mi vida...

...está a punto de revelarse.

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NotaPublicado: 09 Ago 2008, 21:16 
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Diapenta -Acto antefinal-: El beso del cadáver:

Mis nuevos compañeros... el camino de la magia... El dado girando, decidiendo mi futuro, decidiendo mi pasado...

Un parpadeo. Aparezco dentro de un majestuoso edificio: la Escuela de Magia de Einhovant. Sin saber como, me encuentro rodeada de jóvenes, ataviados con simples túnicas, todos ellos probablemente estudiantes de la escuela como yo. Enfrente mío, otro mago; adulto pero joven, rubio y elegante. Con sus facciones sonrientes, me indicaba lo que tengo que hacer.

Con sólo chasquear los dedos, hace aparecer un muñeco de paja, un espantapájaros, a pocos metros de mí. Espera que haga algo, pero... ¿qué?

-Vamos, Diapenta, éste es tu primer día, y ya sé que te estamos exigiendo demasiado, pero tienes que intentarlo. Pon todas tus fuerzas en ello. ¡Derriba al espantapájaros con el proyectil de viento!

Ahora que me fijo, en mi mano derecha sostengo una vara. Pequeña, no demasiado bonita, y acabada en una esfera. De ahí se supone que tendría que salir el conjuro. Pero si no lo había conjurado nunca... ¿cómo va a funcionar? ¿Pretenden que invoque una bala de viento cuándo no he recibido lecciones sobre magia en mi vida?

-Pero... si yo no se... no se hacerlo...
-Sé que no sabes, y ni siquiera te pido que lo consigas. Sólo te pido que lo intentes. La práctica es la mejor teoría. Sigue mis instrucciones al pie de la letra.
-De... de acuerdo.

Me siento incapaz de lograrlo. Y aún más, estoy totalmente intimidada. Una veintena de aprendices magos no me quitan ojo de encima; entre ellos, los tres que conocí el otro día. Con tanta presión, no pueden exigirme que haga tal proeza, no pueden...

-Bien. Diapenta -el profesor se dirige a mí-. Lo primero que tienes que hacer es mantener tu mirada fija en el objetivo, en este caso el espantapájaros.
-De acuerdo... mirada fija- me concentro en el blanco.
-Eso es. Lo siguiente que tienes que hacer es usar tu imaginación; imagínate al proyectil de viento surgiendo de tu vara. Canaliza tu energía hacia ella. Todos tenemos energía interior, no importa el arte de combate que escojamos. Saber enfocarla es el secreto para disparar no sólo un proyectil de viento, sino para lanzar un conjuro curativo, maldecir a un enemigo y, en el caso de los guerreros, lanzar ondas de poner cinético, u otros ataques.
-¿En... serio?
-Todo es cuestión de moldear esa energía. El conjuro ofensivo es lo más simple. En este caso, ten en cuenta de que es un conjuro de viento, luego tienes que moldear la energía y transformarla en tal. Para ayudarte, tienes que absorber hacia tu vara el aire que te rodea, después lanzarla, usando tu poder mágico. La imaginación es la clave. Imagínatelo y lo conseguirás. ¡Adelante, Diapenta!

-¡Vamos, amiga, tu puedes!- me anima Marlena.
A sus gritos de ánimo, se unen los de Desmel y Adion, y poco a poco los del resto de los estudiantes. Con ánimos renovados, intento concentrarme en el aire que me rodea, y atraerlo hacia mi vara. Noto como lo voy consiguiendo. El arma mágica vibra ligeramente. ¡Ahora sólo tengo que disparar el proyectil!

Y allá va. Me imagino una masa concentrada de aire dirigiéndose a toda velocidad hacia el espantapájaros, impactando con él. Pero no ocurre nada. Ni una ligera brisa se desprende de la vara. Al final, deja de vibrar. El aire se escapa; el conjuro... ha fracasado.

En mi rostro se nota la decepción, pero mis compañeros me consuelan con sus palabras de ánimo. El bello -espera, no acabo de pensar eso, ¿verdad?- Desmel se acerca a mí y, con su dulce voz, me dice:

-A ningún mago nos ha salido el conjuro a la primera. Pasarán días hasta que logres invocar tu primer proyectil de viento, y más aún hasta que invoques un proyectil decente que derribe al espantapájaros.
-Desmel... lo consiguió el segundo día... es la mejor marca de Einhovant...-dice Adion.
-¡Sí, pero bueno, es que Desmel es... Desmel!- comenta Marlena entre risas.
-Ya veo...-respondo.
-Esta noche nos vamos a cenar los cuatro, ¡ya verás que bien nos lo pasamos! -propone Marlena.
-Suena bien.- coincide Desmel.
-Y... ¿adónde... iríamos?-pregunta bajito Adion.
-Pues... ¿qué tal aquí mismo? Así le damos unas leccioncillas no oficiales a Diapenta- dice Marlena guiñando un ojo-.

Así que estaba decidido. La alocada Marlena, nos citó en la escuela de Einhovant por la noche. Aunque tenía pensado tirar el dado para tomar la decisión, mi padre me dijo que formaba parte del entrenamiento, y que no era necesaria tal tirada.

Cae la noche. La escuela de magia presenta un aspecto tan diferente a estas horas... la oscuridad le confiere a la gran construcción un aspecto ciertamente siniestro, pero tampoco puedo esperar que pasase nada malo.

Ahí, me aguardan los tres magos. Recibiéndome con una sonrisa, Desmel tiene una de sus manos posadas en la cadera de Marlena. Por un instante, noto una sensación dentro de mi cuerpo, una sensación desagradable, que enseguida desaparece. ¿A qué se debe?

-Ya estamos todos aquí- dice Desmel- Diapenta, queremos que pruebes otra vez a lanzar un proyectil de viento.
-Pero...
-No... temas... creemos... que puedes... superar... la marca de Desmel...-continúa Adion.
-¿Por qué creéis eso?- pregunto extrañada.
-Según el Maestro Gallint, tu poder mágico ya está listo para conjurar- me responde Marlena.
-Pero... si Desmel lo consiguió al segundo día... y yo sólo lo he intentado una vez.
-Pero ya llegaste más lejos que yo. Lograste cargar la vara con aire. Sólo te faltó el liberarlo. -No supiste retenerlo, y se te fue escapando poco a poco- dice Desmel.
-Cuando... una persona... ha sufrido... ciertas experiencias en su vida... su poder mágico puede verse alterado... volverse más activo... es un poder latente que despierta antes de tiempo... aunque... no significa que seas mejor mago o guerrero... pero al menos... dominas antes la disciplina. Eso... me ha pasado a mí...

Tomo aire. Parece que confían en que lo haga y, sin ni siquiera buscar una explicación, sé que no puedo defraudarles. Mantengo mi vista fija en la silueta que representa al espantapájaros, menos visible ahora, pero aún así identificable. El aire comienza a penetrar en la espera de mi vara, que responde vibrando, pero ésta vez uso todas mis fuerzas para que no escape. Las vibraciones cada vez se hacen más potentes. En ese momento, parece liberarse una pequeña explosión dentro de la esfera mágica. ¡Ahora!

Una bola de viento surge de la vara, volando a gran velocidad hacia el espantapájaros. El impacto provoca que el hombrecillo de paja se desintegre en trozos que vuelan en todas las direcciones. ¡Lo hice!

De nuevo, una sensación poco usual me invade, pero ésta vez no es desagradable. Ésta vez, es una sensación que me hace flotar... sentirme más alta... Una sonrisa se dibuja en mi rostro, por siempre inexpresivo. Sé que me siento bien, y eso se debe a que... ¡lo he conseguido!

Me giro hacia mis compañeros esperando sus aclamaciones, pero sólo la torcida sonrisa de Adion me corresponde. Porque Marlena y Desmel, se encuentran en ese momento...

...besándose.

La sonrisa desaparece de mi rostro de golpe. Había conseguido lo que ningún otro mago había hecho, pero a ellos no les importaba... estaban ahí, juntando sus labios. ¡Y encima con Desmel!

No se cómo, pero el dado negro, que siempre llevaba conmigo, cayó y rebotó por el suelo. Miro el número que ha salido... y la vista se me nubla...





Abro los ojos. Estoy tumbada en el suelo. No sé que ha pasado. Busco mi dado y no lo encuentro. Me incorporo. Mis compañeros siguen en la misma posición: Adion sonriéndome, y los otros dos... besándose.

-¡Eh! ¿No habéis visto lo que he hecho?

Tengo que hacer que dejen de besarse. ¿Por qué? No lo llego a entender. Pero tengo que hacerlo. Me acerco rápidamente y, aunque parecen inmóviles, sé que me oyen. ¿Por qué entonces me ignoran?

-¡Basta ya!- agarro de su pelirroja cabellera a Marlena, tirando de ella para separarla de Desmel. Y lo consigo, pero...
Su cabeza se separa de su cuerpo, haciendo surgir un chorro de sangre, como una fuente. Me quedo con la cabeza, agarrada del pelo, durante unos segundos. Finalmente, reacciono, y suelto el miembro decapitado emitiendo un gritito. Éste... cae al suelo, y revienta, quedando sus sesos esparcidos.

Separo lo que queda del cuerpo de Marlena. Sus brazos son arrancados y caen al suelo, el resto del cuerpo se desploma. Tanto éste como los brazos se destrozan al caer al suelo, liberando los órganos internos que se desprenden por doquier.

-¿Desmel? ¡Desmel!

Al haber estado apoyado en el cuerpo de Marlena, el apoyo se ha perdido. El cuerpo inmóvil de Desmel queda abrazado a mí, sus labios juntándose con los míos...

Empujo el cuerpo, desesperada. Los labios de Desmel se quedan pegados a los míos, la carne separándose del resto del cuerpo. Me los quito con la mano, y observo como el cadáver del encantador estudiante de Einhovant cae hacia atrás, disparando sangre y vísceras al estrellarse contra el suelo.

Emito un grito de puro terror, pero éste es acallado rápidamente. Un brazo me rodea el cuello y me atrapa. Antes de que pueda reaccionar siquiera, noto como algo punzante se hunde en mi espalda...

...y me atraviesa el corazón.


Offrol:

Ya hacía tiempo que quería escribir este capítulo, pero lo he ido dejando... Mi más sincero agradecimiento a Shishi por haberme animado a continuar. El próximo capítulo es el acto final de los recuerdos de Diapenta con lo que, combinado con los roles ingame del personaje, ayudan a comprender finalmente su retorcida mentalidad. Animo a cualquiera a que me pinche un poco para que lo publique cuanto antes.

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NotaPublicado: 27 Ago 2008, 19:32 
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Diapenta-Acto final-: El ladrón de mis lágrimas

La vida... se me escapa... mi corazón ha sido atravesado... ¿pero por qué? ¿Por qué tiene todo que acabar así?

Remonto hacia el momento de mi nacimiento, memorias e invención... quien sabe ya lo que es cierto y lo que no... pero son mis recuerdos... mi vida... el momento en que todos mis hermanos eran masacrados... aquel niño que intentó relacionarse conmigo... la cabeza de mi perro... en mi cama.. .la muerte de Marcurius...

Un capullo que nunca llegaría a florecer, marchito ya desde sus comienzos mi corazón... ahora se ha ido... y me reuniré con mis hermanos en el otro mundo...

Cierro los ojos, esperando el momento en que las fuerzas me abandonen. Pero ese momento no llega. Pasan los minutos, y el silencio sepulcral, la quietud, la tranquilidad... continúan... mi cuerpo sigue en pie... aún noto el frío tacto del acero dentro de mi... pero sigo viva.

"Tranquila... Diapenta... tú no morirás... no lo harás... mientras yo te mantenga con vida... o muera..."

Una voz detrás mío me habla... una voz... conocida... el tercero de mis compañeros... aquél de rostro demacrado... Adion.

Al final, retira la daga de mi cuerpo... doy unos pasos hacia delante, llevándome las manos a la altura de mi corazón muerto... sin dar crédito a lo que está pasando... me giro. Frente a mí, la mirada del mismísimo diablo... con una retorcida sonrisa, Adion lame la daga que tiene mi sangre... mientras pasa la lengua con una sádica lujuria por ella, su piel comienza a cambiar de color... sus orejas a alargarse... sus ojos a enrojecerse.

"Tú... no eres un humano... eres..".

En efecto, lo que tengo delante de mí, no es un humano. Es uno de esos elfos oscuros, de piel azulada, orejas de punta, y frágil pero elegante constitución.

"Diapenta Mordegan... mi sierva".

Tras pronunciar esas palabras, mis ojos comienza a arder. Me los cubro con las manos, gritando de dolor. Mis, gritos, quejidos y lamentos terminan con la calma reinante, pero al cabo de unos segundos... que a mi se me han antojado horas, todo pasa...

Cuando abro mis doloridos ojos, todo parece haber cambiado para mí... el ambiente ahora presenta tonos rojizos, como el color de la sangre...

El oscuro me muestra un espejo... mis pupilas son rojas...

Ahora lo entiendo... mis ojos no fueron siempre rojos... en un momento, eran de un color castaño con tonos verdosos, pero ahora han cambiado... ya no volvería a ver el mundo de la misma manera... a partir de ese momento, siempre que mi espíritu destructivo surgiese, los tonos del mundo pasarían a ser rojos...

"¿Por qué...?"

Es la única pregunta que logra formular mi confusa mente.

-Finalmente... el momento ha llegado... tanto tiempo esperándolo... y por fin te domino, Diapenta...-su temblorosa voz muestra un tono triunfante.
-¿Quién... quién eres... tú? Adion...
-Adion... es una identidad falsa... mi verdadero nombre es Jalhalla. Y he venido a por ti...-su triste voz, su cuerpo ligeramente encorvado, su rostro apagado, le hacen parecer muy frágil, como si se fuese a morir aquí mismo. Y aún así, a cada palabra que costosamente pronuncia me queda más y más claro el gran poder que alberga.
-¿A... por mí? ¿Qué es... lo que quieres... de mí?
-Lo que quiero ya lo he conseguido... he atravesado tu corazón... con mi daga... ahora... eres mía... mi sierva... serás mi sombra siempre... me seguirás allá... donde yo vaya...
-¿Por qué... yo...?-me siento débil, sin fuerzas para nada...
-Tienes... un gran futuro... como maga... deja que yo te guíe por el auténtico camino... el camino de la nigromancia. Controlarás las fuerzas oscuras, y vivos y muertos estarán a tus pies. Y yo estaré por encima, controlándote... así es... la nigromancia es tu camino... eres un ser destructivo, caótico... lo has demostrado a lo largo de tu vida. Ese potencial para... causar dolor, es lo que me interesa. Pero mi objetivo final es aún más ambicioso...
-¿A qué te refieres?

-Quiero un hijo tuyo... Diapenta.

Una sorpresa repentina... un escalofrío de terror. Aquél ser monstruoso me acaba de atravesar el corazón, convertido en su esclava, mantenida con vida por su voluntad, y además... ¡quiere tener un hijo mío! ¿Es ésta la tragedia que me deparaba mi pasado?

Al ver que no soy capaz de articular palabra, Jalhalla continúa.

-Nuestras podridas almas darán paso a una criatura monstruosa que sembrará el caos... allá donde vaya. Un demonio... con cuerpo de mortal, un torbellino... de oscura devastación. Valiéndome de él, y de ti, acabaré con todo... Los más fuertes se postrarán ante mis pies, y el aliento de la muerte se extenderá por el mundo y apagará... las vidas de todos aquéllos que hayan intentado encontrar... la felicidad.

Los devastadores planes del oscuro pasaban por utilizar mi sed de destrucción... ¿pero había aflorado ya dicha sed? a mi alrededor siempre ha habido muerte, pero yo no he podido ser la causante... la confusión... me invade... como una capa de niebla que aún cubre mi pasado.

-No entiendo... lo que dices... yo... nunca he hecho daño... a nadie.

El cuerpo del oscuro se retuerce mientras una risa demente surge de su interior.

-¿Dices que nunca has causado dolor? Pobrecita niña... tu mente se ha protegido a sí misma, borrando justo el momento en que perdías la cordura por completo... pero yo te mostraré esos momentos.
-No... yo nunca he perdido la cordura...
-¡Diapenta, estás loca! Tu forma de ser, tu mentalidad, tus acciones, tu retorcida mente caótica... todo ello no es propio de una persona normal. Estás loca, Diapenta, loca, demente...-ríe perversamente mientras me lo dice.
-No... ¡no es verdad!

Pero en ese momento, siento un mazazo en mi cabeza... la imagen de la escuela de Einhovant y del oscuro desaparece... en su lugar, es reemplazada por una escena... un recuerdo oculto en lo profundo de mi laberíntica memoria... una niña pequeña... de melenas negras... estrangulando a uno de sus compañeros de escuela... tras pedirla que fuesen novios... el terror, la sorpresa, y la impotencia, reflejados en los ojos del infante... mientras la respiración le abandona, y su mirada se extingue... Allí, el dado negro, en el suelo, mostraba el número cinco en su cara superior... Y de fondo... un eco...

"Loca... loca... loca..."

-No... ¡no! ¡Basta! ¡Por favor!- mis ojos se humedecen, pero Jalhalla, inmisericorde, continúa mostrándome lo que no quiero ver...

Ahora... una niña algo más crecida... acercándose hacia un pequeño animal... un perrito que, acorralado en una esquina, mira a su ama fijamente, a los ojos, mientras se pregunta... "¿por qué?" Pero la niña portaba un cuchillo, y ni el tierno rostro de su amigo la detendría... Lo agarra con una mano y lo levanta; el perrito lame su cara, pero nada puede detener lo que está a punto de acontecer...

La pequeña comienza a apuñalarlo, la sangre salpicando su rostro, mientras los gemidos de agonía del animalito van debilitándose más y más, ahogados por su propia sangre... pero quedándole aún suficiente vida para asistir a su propia decapitación, una lenta agonía, en la que su cuello, poco a poco, iba siendo serrado por el cuchillo...

Tras terminar la siniestra tarea, la niña tira el cuchillo al suelo, llevándose la cabeza del animal, y recogiendo el dado que rodó debajo de una silla... una tirada no deseada cuyo resultado era el cinco... Y de fondo... un eco...

"Loca... loca... loca..."

-¡Noooooooooooooo!- grito con todas mis fuerzas, llorando y gimiendo, mientras me arrodillo en el suelo. Las manos en mi cabeza, sin poder creerlo...
-Ahora ya lo sabes, Diapenta... estás loca... nunca serás aceptada por nadie... salvo por mí... y ahora... voy a violarte...

Dicho esto, me tumba en el suelo con fuerza inusitada, y se coloca encima mío, rasgando mis túnica de aprendiz de mago con sus uñas afiladas... Intento resistirme... pero me controla por completo... y anula mi voluntad... Mi joven cuerpo, de dieciséis años, se muestra desnudo ante el perverso elfo oscuro... mientras que el comienza a rasgarse también sus propios ropajes...

-¡Ahora, loca, serás mía!- me grita tras terminar de desnudarse por completo.
-¡No estoy loca!- las lágrimas resbalan por mi rostro... mi alma destrozada... había asesinado al hijo de Marcurius, y acabado con la vida de mi perrito. ¿De verdad estoy loca? No puedo creer eso... ¡yo no estoy loca!

Sin poder resistirme, soy penetrada por el oscuro. Los movimientos lascivos de su pelvis son acompañados por sus humillaciones, minando la poca voluntad que me queda...

-¡Eso es, cuánta lujuria, privar de su virginidad a una desquiciada!
-No estoy loca...-llorando a más no poder, totalmente dominada por Jalhalla, un miserable títere en sus manos, una joven cuya vida acaba de venirse abajo, atormentada por sus propios actos, y condenada a tener a un bebé-monstruo, tan pérfido y vil como el de los dos seres juntos...

Los movimientos del oscuro se aceleran. Pero justo cuando parece que va a llegar al final, se detiene... su expresión lasciva cambia, y muestra una total sorpresa. Antes de yo entender lo que estaba pasando, los globos oculares de Jalhalla revientan. El ser siniestro comienza a retorcerse mientras se cubre sus órbitas con las manos, chillando como un cerdo apunto de ser sacrificado.

Tras unos segundos, termina de chillar, y acerca su rostro al mío. Sus ojos han desaparecido... sólo algo de líquido gotea de sus órbitas vacías.

-Mor... Mordeg...-

A la par que pronuncia la última sílaba de mi apellido, comienza a vomitar sangre, seguida de sus propias vísceras. Pulmones, estómago, hígado, páncreas, y finalmente una larga cadena de intestinos... la sorpresa me ha dejado con la boca abierta, con lo que no puedo evitar que parte de su sangre y órganos internos se introduzca en mi boca. Aún con su miembro introducido en mí, la vida del oscuro ha terminado...

con lo que... entonces... yo...


Offrol:

Éste es el último acto del pasado de Diapenta. La historia seguirá, pero esta vez explicará los acontecimientos vividos por Diapenta a partir de que el personaje entrase en el mundo de Luna de Sangre.

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Trama Principal: Gemelas Mordegan Personajes de la Trama: Diapenta, Quarta, Elian, Merle, Europa.
Historias secundarias: Anina Amatista Pirita Piedra Preciosa Chiwala Arael

Mi madre parió gemelos: el miedo, y yo (Hobbes). La tortura consiste en retener la vida en el dolor (Foucault).


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NotaPublicado: 14 Sep 2008, 12:59 
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Arco de Quarta:

Quarta: El despertar de mi hermana:

Diapenta... por fín has despertado.

En efecto; tras la muerte de Jalhalla, todo lo sufrido ese día te provocó un estado de shock que derivó en un profundo coma. Dos años de sueño, pero no sus habituales y atormentadas pesadillas, sino de un sueño dulce, profundo, reparador.

Ahora te veo abrir los ojos, te veo contemplar un mundo que se te antoja extraño, hostil. Sin saber relacionarte, partes hacia la ciudad de Giran. Ahí, continuas palizas por parte de sus habitantes, que no entienden tu forma de ser. Continuas palizas, pero también manos amigas, cálidos abrazos, que sacan a la luz lo mejor de ti. Si es que tienes algo bueno...

¿Pero qué sucede? ¿Cómo es que no recuerdas nada? ¿Dónde ha quedado tu memoria? ¿Dónde han quedado tus viles pensamientos y atroces acciones? Todo ello oculto en el laberinto de tu mente, enterrado en lo más profundo. Para evitar atormentarte aún más...

Pero no... no puedo permitirlo... ¡no lo permitiré! Durante años he estado viviendo tus propias pesadillas, intentando alejarme pero a la vez estar cerca de ti. A punto de caer en la locura, a punto de arrojarme al abismo sin fondo de la demencia. Él me salvó. Me enamoré... sí... llegué a enamorarme de mi salvador, de mi redentor...

El amor... el desengaño... un alfiler que se clava en lo más profundo de mi corazón. Marcada para siempre, sólo por haber nacido en una familia maldita.. sólo por ser una Mordegan.

Así es... todos estamos marcados por algo... acontecimientos pasados, sucesos presentes, hechos que están por llegar... nada sucede por azar, Diapenta, nada sucede por azar...

Y ahora te veo... lanzando el dado con el que padre llevase a cabo su oscuro ritual, escudándose en las tiradas para evitar tomar decisiones por ti misma... ¡cuánta razón tiene la elfa Simbëlmyne! ¿Pero por qué no quieres verlo?

¿Qué es lo que te mueve, Diapenta, por qué haces esas cosas? Puesto que ni tú misma lo sabes, yo personalmente me encargaré de mostrártelo. Porque todo lo que has hecho me ha estado torturando como un fantasmal verdugo, todas las noches, a veces también los días... y, si yo lo he sufrido, si aún lo sigo sufriendo, tú no puedes ser menos. Pues todo surge de ti y del miserable padre. Y ahora ambos estáis en mis manos.

En mis manos... sí... en mi mano poseo la muñeca de trapo con la que me comunicaré contigo, con la que te guiaré a través de tu pasado. La aprieto entre mi puño, y esbozo una torcida sonrisa. Que los títeres comiencen a bailar...

Porque yo soy Quarta Mordegan...

...y, tras tantos años de sufrimiento por tu culpa, ha llegado la hora de que me lo pagues; ha llegado la hora de utilizarte como el títere que eres para llevar a cabo mi plan...

Que comience todo.

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 Asunto: Re: Las gemelas Mordegan: Diapenta y Quarta
NotaPublicado: 06 Oct 2008, 10:57 
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Quarta: El fin del Señor Mordegan:

Sin ni siquiera pensarlo, has seguido practicando tus artes mágicas. De una forma natural, sin recibir clases teóricas ni prácticas, has ido aumentando el nivel de tus conjuros. Parece que encuentras un exquisito placer en derribar aquello que se te pone por delante. Sin embargo, eso puede ser de gran utilidad...

Tú no lo sabes, pero te estoy observando. No te percatas, pero todo lo que haces me es conocido. Así pues, te miro, y veo a una jovencita maga, todavía no especializada, lanzando bolas de fuego contra ningún objetivo en concreto, a las afueras de la Villa Talking.

Con el bastón apuntando hacia el frente, conjuras una y otra vez. Perlas de sudor resbalan por tu frente, por tus mejillas. Te ves bastante atractiva en esa situación, casi me atrevería a decir que pareces una persona normal... pero ambas sabemos que no es así.

Yo... no soy la única que te vigila. Otro Mordegan más observa como su pequeña se hace cada día más fuerte. Orgulloso, la contempla desde detrás de un árbol, sin hacerse notar, no quiere desconcentrar a su hija. En efecto, ese ser no es sino nuestro padre, Demanis Mordegan, alias Lunático.

Demanis no es más que un hombre de mediana edad. Cabello corto y moreno, y complexión media. Vestido con simples ropajes de pueblerino, nadie diría que ese personaje acabó con la vida de cuatro de sus seis hijos.

Sí... a pesar de que no era más que un bebé cuando eso sucedió, lo recuerdo como si tuviese la lucidez propia de un adulto. Mi padre usó su cuchillo para desmembrarme, mi destino parecía ser el de morir desangrada, pero de algún modo de salvé y, entera, sigo aquí, viva...

Mi madre era una poderosa hechicera... usando su magia, logró salvarme, recomponerme, enviarme lejos. Me crié con otra familia, una nueva vida llamaba a su puerta. Durante años crecí, a la vez que mi hermana. Y, por supuesto, el hecho de que viviésemos en hogares distintos no logró ocultar lo evidente: dos niñas exactamente iguales de aspecto, viviendo en el mismo pueblo.

Yo siempre me interesé por ti, hermana, pero tu nunca te fijaste en mi. No te gustaba nada ni nadie; a pesar de que intentaba acortar distancias, mis padres adoptivos no querían que estableciese relación alguna contigo. Corrían rumores acerca del Señor Mordegan, acerca de la noche de nuestro nacimiento. Además, era un ser extravagante, un ludópata, que podía ser muy agradable, pero cuya actitud tendía a cambiar repentinamente cuando perdía una partida de cartas, o de dados...

Algo arde en mi interior. Es un odio profundo hacia el ser que nos ha destruido. Podíamos haber vivido una vida feliz, seis hermanos, criados por sus padres. Una vida idílica... pero todo se vino abajo. El patriarca de los Mordegan es, paradójicamente, aquél que ha terminado con su propia familia.

¡Maldito seas padre asesino! ¡Maldito seas, destructor de vidas! ¿Cómo puedes permitirte vivir sin un ápice de remordimiento en tu corazón? ¿Cómo puedes mirar a la chica que ahora mismo está llamando al fuego como si fuese tu pequeño tesoro, pues si hubiese salido un cinco en el dado en la noche de su llegada al mundo, la habrías masacrado sin piedad alguna?

¿Y yo qué? ¿No soy tu hija también? ¿Por qué sólo puedo observaros desde las sombras? Padre asqueroso, te odio. ¡Te odio!

Mi ira se transforma en una vorágine que me absorbe y destruye todo. Diapenta, se da cuenta de que su padre la está mirando, y se gira. Él finalmente se descubre. Ella le sonríe. Lanza el conjuro que tenía cargado; no lo puede detener, aunque su trayectoria no supone un peligro para nuestro progenitor. ¿No lo supone?

¡Ha llegado la hora de que pagues por tus pecados! Un grito terrible lleno del odio más visceral surge de mi boca. Muevo los hilos de mi marioneta, de mi hermana, desviando la dirección en la que apunta con su bastón, desviando la bola de fuego.

Esos segundos en que el proyectil se dirige hacia Demanis son los mejores de mi vida. La expresión de sorpresa y terror que se dibuja en su rostro no tiene parangón. Y, finalmente, la bola de fuego hace impacto.

¡El cuerpo de Demanis Mordegan arde! El padre demente, chilla y se retuerce, corriendo de un lado para otro. Diapenta también chilla, paralizada por lo que acaba de hacer, totalmente impotente, observa como su padre cae al suelo, y se revuelve presa de un dolor insoportable. Llamas, fuego. La agonía del Señor Mordegan se plasma en sus gritos desesperados, transportados por el viento, fundidos en el ambiente, que dejará constancia de los últimos momentos del aberrante ser.

Finalmente, todo acaba. Los gritos cesan, y su cuerpo se queda totalmente inmóvil. El fuego, como por arte de magia (la misma magia que lo conjuró), se apaga, dejando ver un cadáver totalmente incinerado, con una expresión de dolor, en su rostro, de mandíbula desencajada por los gritos, apenas irreconocible, que se nos quedará marcada a las dos hermanas de por vida.

Una voz penetra en la mente de Diapenta. Pensando acaso que es su padre quien la habla, la incita a seguir el camino de la nigromancia. Al final, ese acontecimiento ha sido aprovechado por mi inteligente maestro. Siguiendo las enseñanzas del Mago Hardin, Diapenta se convertiría en Nigromante, usando su oscura magia para traer de vuelta a Demanis.

Autora de oscuros rituales, jugando con las almas, su inexperiencia la haría fracasar al resucitar a nuestro padre. Su cuerpo, ya de por sí bastante deteriorado, se pudriría nada más volver a levantarse. Un intenso dolor marcaría un nuevo acontecimiento para el Señor Mordegan. Lo que puede suponer resucitar en un cuerpo calcinado, y podrirse en unos minutos, es algo que va más allá del sufrimiento que un ser humano, o que cualquier ser vivo, puede soportar. A partir de ese momento, Demanis Mordegan sólo sería una sombra de lo que en su día fue...

un ser corrompido...
un muerto viviente...
un zombi.


//Comentarios offrol:

El conjuro con el que Quarta, utilizando a Diapenta, acabó con la vida de su padre, es el hechizo ofensivo de fuego Blaze.

Cuando Quarta empezó a rolearse, utilizaba la misma skin que Diapenta, cambiándose el peinado y el título cuando ella estaba siendo manejada. Al final, la creación de un nuevo personaje del Lineage, sólo para Quarta, se hizo necesario para continuar con el rol.

Los nombres de Quarta y Diapenta, hacen referencia al número que las identifica, según su orden de nacimiento, el cuarto y el quinto, respectivamente.

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 Asunto: Re: Las gemelas Mordegan: Diapenta y Quarta
NotaPublicado: 18 Oct 2008, 18:04 
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Quarta: El dolor del desamor:

Diapenta, mi hermanita... tu incapacidad para relacionarte con la gente te hace, de algún modo, apartarte de la sociedad, ser un espíritu incomprendido y odiado por todos. Alguien a quien dejar de lado... tu aplastante y dolorosa sinceridad, ofendiendo, probablemente sin buscarlo, a todos los que te rodeaban. Tus discusiones con aquél grupo de enanas, especialmente con Narita...

Parecías un caso perdido, y yo me burlaba de tus fracasos desde las sombras. Aunque te buscaste a una amiga, Gwen, no tenías ni idea de lo que la amistad significaba, con lo que, cuando descubrió como realmente eras, te abandonó...

¿Qué es eso que se desliza por tu rostro, hermana? ¿Son lágrimas acaso? Verte llorar es algo tan... inusual, que enternece mi corazón, pese a todo el rencor y odio que te guardo... ¿en el fondo me preocupa tu felicidad?

Pero el mayor de tus logros, sin duda, unirte a alguna hermandad que te arrope. Y así, te pones manos a la obra.

Con un complicado juego de azar, descartas una tras otra, sin ni siquiera fijarte en sus ideales, en aquélla que puede ser mejor para ti. Los papeles con los nombres de las distintas hermandades se van destruyendo, hasta que, al final, sólo queda una...

Black Sabbath...

Una hermandad con ideales bohemios, líder de una alianza de hermandades conocida como Estirpe de Luna. ¿Se convertirían en la familia que necesitabas? Hablando con Yuna, su secretaria, te incorporaste a ellos. Serías testigo, aunque no participe, de su encarnizada lucha con la atormentada tirana de Dion, Jasmine. Mucha sangre, sudor y lágrimas se derramó en las batallas contra la bruja, y cuando al final cayó, la victoria del Black Sabbath se vería empañada por la muerte de uno de sus miembros: la enana conocida como Anina, lo que provocaría además la marcha de su dolida hermana, Henna.

No se si por tu extraña lógica, o porque realmente querías hacer una buena acción para variar, pero lo cierto es que trajiste a Anina de vuelta, usando un poder que ni siquiera tenías, manipulada, no por mí, sino por el alter ego demoníaco de la enana, la Familiar llamada Lanina.

En este momento, nuestros vínculos se separaron, convertida en un mero títere de Lanina, con sus falsas promesas de resucitar a Demanis hasta que, al final, curiosamente, la demonio se arrepintió de sus actos, y confeso que no podía ayudarte. Hasta los seres infernales son más humanos que tú, hermana...

Buscando un modo de traer de vuelta a nuestro padre, así como de exorcizar a Anina, conocerías por primera vez al que podría haber sido tu gran amor: Nithael. Aunando vuestros esfuerzos, visitaríais a Hardins, aunque al final, Lanina fue derrotada por otras personas, en Aden. No sería la última derrota que sufriría, pues volvería transformada en un demonio más poderoso, junto a su madre, intentando llevar a cabo un absurdo plan para exterminar a la raza enana. Bajo su total control, una marioneta que había cambiado de titiritero, volverías a mi cuando Lanina fue derrotada de nuevo.

Por aquél entonces, la mayor parte del Black Sabbath partiría a algún viaje o tarea. Entonces fue cuando lo conociste de verdad. A tu amorcín, tu media naranja...

Un valiente gladiador que luchaba por aumentar su poder y que, a su vez, te ayudo a potenciar el tuyo. Entrenándote contra los viles stakatos, en poco tiempo mejorarías lo que nunca habías mejorado, desvelando los secretos del Vestido Arcano de Avadon, y más adelante, del Vestido del Cristal Oscuro.

Tantos días y noches de entrenamiento, al final no te quedó más remedio que abrirte a tu compañero. Te veía como algo extraño, pero tú te sentías cómoda con él. Un sentimiento de compañerismo que se transformaría en amistad y, poco a poco, en algo más...

Por las noches, te acostarías pensando en tus entrenamientos con Clay, esperando el momento en que el sol saliese para volver a los pantanos junto a él. Lo que quizás en su día experimentaste con tu compañero de escuela, lo volverías a sentir por Clay. Te le declararías indirectamente y, tras unos días, el te correspondería.

Unos enamoraditos, una pareja de lo más tierna. Pero mientras os observaba, mi odio hacia ti crecía... ¿por qué ibas a disfrutar de lo que nunca disfruté yo?

Así es... yo también estuve enamorada... pero tú lo estropeaste todo, sin ni siquiera saberlo... Apartada de ti por mis padres adoptivos, tus horribles pensamientos y acciones me atormentarían durante todas las noches. Tu retorcida y sádica imaginación, que te hacía ver a tus compañeros desangrándose... el brutal acto de decapitación hacia tu propio perro...

¡No podía más! Me despertaba continuamente, a mitad de la noche, empapada en sudor, jadeando, llorando... Al principio, mis padres no le dieron demasiada importancia... pero poco a poco, por la falta de sueño empezaron a marcarse en mi rostro las ojeras que a ti tanto te caracterizaban. Me comportaba cada vez de manera más errática, no escuchaba a aquéllos que me hablaban, me refugiaba a llorar en las esquinas...

Aunque en un principio, tus pensamientos no me atacaban durante el día, poco a poco empezaron a atormentarme a todas horas.

Recuerdo aquél día como si fuese ayer...

Con mis catorce añitos, paseaba por las afueras de Gludin, donde vivía, con la mirada perdida... las nubes oscurecían el cielo.

En ese momento, una gota se estrelló contra mi hombro... iba a llover... pero, no era agua lo que había caído. Contemplé mi vestido con expresión de horror...

...era una gota de sangre.

Antes de que tuviese tiempo siquiera de gritar, otra gota cayó sobre mi brazo, otra gota de sangre... Después otra, luego otra más...

Y así, poco a poco, empezó a llover. Una lluvia perturbadora, un diluvio siniestro...

...llovía sangre sobre el territorio de Gludin.

Ya no podía más. Queriendo huir de todo aquello, deseando escapar de la locura en la que me veía sumida, corrí y corrí, alejándome cada vez más de mi casa, suplicando que me llegase la salvación... o que se acabase todo para siempre.

Finalmente, tropecé y caí. Empapada de la sangrienta lluvia, lloré, esperando la muerte...

Mas ésta no llegó. Alguien me tendió la mano...

Un drow... de clara piel... orejas de punta pero algo redondeadas, y con rasgos faciales que recordaban más a los de un humano...

-No sufras más, pequeña... ven conmigo...-me dijo, con una dulce voz que me cautivó.
-¿Quién... quién eres?-pregunté.
-Soy Jalhalla Tercero...

Jalhalla se convirtió para mí en lo que, para ti, hermana, sería Clay. El elfo oscuro me alejó de la locura, me salvó, y no sólo eso... me mostró las artes de la nigromancia, y me dio su cariño y calor...

...yo me enamoré perdidamente de él.

!Que momentos pasaríamos! ¡Y que momentos pasarías tu con Clay, Diapenta! Lo hermoso de dos almas que se encuentran, se fusionan, en el más bello sentimiento de todos. Luchando juntas, riendo juntas, parecen destinadas a compartir su vida... su entera existencia, hasta que ésta llegue a su fin.

Pero nada de eso ocurrió. Y nada de eso te ocurriría a ti, hermana. Al fin y al cabo, ambas descubriríamos que el amor, no es más que una farsa... Jalhalla estableció un vínculo conmigo, un vínculo que yo concebí como prueba de su amor. Esperaba casarme con él cuando cumpliese la mayoría de edad... pero... el no tenía ningún plan para mi.

Cuando, a través de nuestro vínculo, le ví violándote, lo supe. Desde un principio, sólo te había querido a ti. Desde el primer momento, sólo me había usado como un puente para establecer contacto contigo, para tener un hijo, fruto de la más absoluta vileza y depravación, al juntar vuestras perversas esencias...

En ese momento, mi corazón se rompió en mil pedazos, y jamás volvería a unirse. Pero el vínculo que había formado conmigo fue su perdición...Un único grito, de rabia, de dolor, el grito que salía desde lo más profundo de mi destrozado corazón. El desengaño amoroso... se extendió como una ola destructiva, que llegó hasta el propio Jalhalla, el cual feneció vomitando todos sus órganos encima tuyo, tras lo cual entrarías en coma...

...para, años después, sufrir el mismo dolor que yo había sufrido. Justo cuando estabas pensando en un futuro con Clay, éste confesó que se había enamorado de otra...

No puedo describir con palabras la pena que sentí por ti. Tu espíritu, llorando desconsolado, me hizo recordar lo que yo había vivido. Dejé de odiarte, Diapenta, y quise estar a tu lado... cuidarte... como las hermanas que siempre debimos ser.

Pero antes de mostrarme ante ti, debía hacer una cosa... algo que, aunque en un principio te dolería, me lo acabarías agradeciendo en un futuro... tal vez no próximo, pero que llegaría al final...

...tenía que matar a Clay.


//Comentarios offrol:

El nombre de Jalhalla, está sacado del videjouego de Nintendo GameCube: "The Legend of Zelda: The Wind Waker", donde Jalhalla es uno de los enemigos finales, un espectro que se encuentra al final del Templo de la Tierra.

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 Asunto: Re: Las gemelas Mordegan: Diapenta y Quarta
NotaPublicado: 09 Nov 2008, 16:52 
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Quarta y Diapenta: Asesino reanimado:

Quarta:

Me encuentro en el bosque... lugar donde se produjese una violenta muerte, años hace... Un alma se revuelve de dolor y de ira, condenada al tormento eterno... un padre que perdió a su hijo, un hombre destrozado que, en busca de venganza, esperó y espero durante años el momento para vengarse.

Una niña enferma mental le había arrebatado lo que más quería, y cuando finalmente vio su oportunidad de retribución, el padre de la misma acabó con su vida de manera brutal. Pero no ha acabado todo para él...

Marcurius, tienes una nueva oportunidad; podrás vengar finalmente a tu hijo y, una vez lo hayas conseguido, descansar en paz para siempre. Sé que no has acabado lo que tenías que hacer, y por eso tu alma no ha abandonado este mundo cruel aún...

Así pues, ¡yo te invoco, Marcurius! Que tu esqueleto surja de bajo la tierra, que tu ser busque a Diapenta Mordegan.

Extiendo los brazos hacia el suelo donde emana esa energía oscura que sólo yo puedo sentir. Los elevo, mirando hacia el cielo, canalizando mis poderes nigrománticos, esperando respuesta...

...el ritual da resultado; una huesuda mano asoma de la húmeda tierra del bosque. Tras ella, una calavera con el cráneo hundido; finalmente, todo el esqueleto se exhuma a sí mismo.

¿Es que quiero acabar con mi hermana? Controlando su propia vida, podría hacerlo cuando quisiese... No quiero que muera, pero sí quiero darla una lección, enfrentarla a sus propios fantasmas... ¡quiero que sufras, Diapenta!

Espero que te guste el regalo que tu hermanita tiene preparado para ti...

Me alejo del bosque, con una sonrisa en mi rostro. Que las marionetas bailen...

Diapenta:

Me encuentro en un bosque, bajo los inquietantes tonos del atardecer. Corro, corro, corro sin parar. No me detengo, no puedo, no debo detenerme...

...si lo hago, si me detengo, si me paro ni que sea un segundo a recuperar el aliento...

...él me atrapará.

Ha vuelto, ha resucitado de entre los muertos, y busca venganza. Quiere matarme por lo que le hice a su hijo. No consiguió acabar conmigo en vida, y vuelve, tras años de inquietante espera, como un torturado esqueleto...

Marcurius, el asesino que se levanta de entre los muertos.

Sigo corriendo, corriendo, corriendo... atravesando los árboles del bosque, sus ramas arañando mis brazos y piernas, los latidos de mi propio corazón martilleándome la cabeza... El propio terror que siento me impide mirar hacia atrás, pero tampoco lo necesito. Sus huesudas pisadas no dejan de escucharse; por más que lo intente, no logro aumentar la distancia que nos separa.

Cualquier persona se hubiese cansado ya, pero yo tengo que seguir. Es el imperioso deseo de continuar viva lo que me impulsa a correr y a correr, y a nunca detenerme. Pero él tampoco se detendrá, porque no necesita músculos, porque su ansia asesina mueve sus piernas, porque su eterna furia controla sus brazos.

El bosque cada vez se hace más espeso, y cada vez me cuesta más seguir avanzando. A anochecido, parece que de un minuto a otro... ¿o es que llevo horas corriendo? En todo caso, la escasa luz lunar que consigue filtrarse a través de los árboles los ilumina de manera tenebrosa, confiriéndoles el aspecto de horrendas criaturas cuyas garras, sus ramas, amenazan con clavarse en mi cuerpo inmisericordes. El sudor se mezcla con mis propias lágrimas, lágrimas de desesperación, lágrimas de terror.

No puedo aguantarlo más. Tengo que mirar hacia atrás, tengo que comprobar si realmente me estoy alejando algo de él. Pero si lo hago... pero si lo hago... veré su horrible calavera, su aterradora figura... y no sería capaz de soportarlo.

Pero mi impulso es más fuerte que yo. Giro mi cabeza, suplicando que Marcurius no esté detrás mío...

...y no está. Parece que le he despistado. ¿Será verdad? Pero yo no puedo más que seguir corriendo, y corriendo, y corriendo...

Quarta:

Hermana mía, no puedes escapar de tu perseguidor. Estás atrapada en tu peor pesadilla. No importa lo que corras, todos tus esfuerzos son en vano. No pierdo de vista tus intentos desesperados por alejarte de Marcurius, y disfruto con ello, me regodeo en tu sufrimiento.

¿Qué se siente cuando eres tú la amenazada? ¿Qué se siente cuando no es la muerte la que te obedece, sino la que se abalanza sobre tu cuerpo? Si esto no te vuelve más loca de lo que ya estás, entonces quizás ya seas un monstruo ajeno a todo sentimiento humano. Pero no... porque estás llorando, suplicando salvación, pero esta no te llegará...

Desde detrás de un árbol, me asomo, dirijo mi brazo hacia el suelo sobre el que se apoya uno de los árboles. Elevo el brazo, los dedos índice y corazón extendidos. La raíz del árbol se levanta, interponiéndose en tu camino.

Llega el clímax de tu tormento.

Diapenta:

"¡Ayudadme! ¡Ayudadme por...!"

No llego a terminar la frase. Tropiezo con una traicionera raíz, consecuencia de no parar de mirar detrás mío, y caigo rodando por una pendiente.

Termino en el suelo, exhausta, todo mi cuerpo paralizado por el cansancio. Los pulmones me arden, la cabeza parece a punto de estallarme, y el corazón a punto de salirse de mi pecho.

De repente, comienza a llover. Empapada, y llena de barro, intento levantarme, mas todas las fuerzas me han abandonado. Quedo tumbada, boca arriba, esperando que esta pesadilla acabe. Aquí, no hay tanto espesor, y a pesar de estar lloviendo, puedo vislumbrar parte de la luna, que intenta recuperar el protagonismo de la noche, abriéndose paso como puede entre las nubes.

Pero pronto esa visión es tapada por una malévola calavera que aparece de repente.

¡Ahí está! Marcurius me ha encontrado, y yo ya no puedo escapar. Él lo sabe, y saborea su victoria con una escalofriante y aguda risa de ultratumba.

Su mano esquelética se acerca hacia mi cara. Las pocas fuerzas que me quedan las gasto en un chillido fruto del más primario terror. Ha llegado mi hora.

Pero algo inesperado sucede. Una flecha salvadora surge de la nada, y atraviesa a Marcurius, destrozándole varias costillas. El esqueleto chilla de rabia, y se gira hacia su atacante. La bella silueta de una elfa, iluminada por un aura mística, que se enfrenta al esqueleto, disparando con pulso firme, flecha tras flecha, mientras el muerto viviente corre hacia ella. Aunque algunos proyectiles pasan por sus espacios intercostales sin dañarlo, otros se llevan por delante más costillas, o quiebran su columna vertebral, o se hunden en su frente.

Ahora, es cuando tengo que actuar. El esqueleto ha llegado hacia la elfa, y ésta se encuentra en apuros. Totalmente extenuada, me levanto aún así, y conjuro un proyectil oscuro que, directo a la cabeza de Marcurius, logra volarle la mitad de su cráneo.

El hombre reanimado cae al suelo, derrotado. El bosque comienza a dar vueltas alrededor mío, desvaneciéndose sin explicación alguna. Ahora ya no estoy allí. Me encuentro en Giran, enfrente de una arquera elfa, que me sonríe dulcemente.

Miro al esqueleto. Si ni la muerte le detiene, sólo hay algo que pueda librarme de él. Como suele decirse, ten a tus amigos cerca, y a tus enemigos, aún más cerca. Así pues, conjuro mis energías oscuras, buscando el vínculo que lo retiene a este mundo, rompiéndolo, y creando un nuevo vínculo conmigo.

Ahora, él servirá a mis órdenes, aunque ahora se que el odio que eres capaz de generar en vida, no desaparece ni con la muerte. Y por eso temo que algún día, Marcurius consume su venganza contra mí...

Quarta:

Parece que mi hermana ha escapado de la pesadilla en la que la había sumido. Sin embargo, mis esfuerzos no se detendrían ahí. Acabaría manifestándome a través de su Manta Maldita, pero ya, para mí, era demasiado tarde.

Porque mi hermana supo que alguien iba tras él.

Desde ese momento, yo había quedado condenada al más inhumano de los tormentos.


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Trama Principal: Gemelas Mordegan Personajes de la Trama: Diapenta, Quarta, Elian, Merle, Europa.
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 Asunto: Re: Las gemelas Mordegan: Diapenta y Quarta
NotaPublicado: 22 Nov 2008, 16:20 
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La rebelión de los gusanos:

Atardecía en la apacible villa de Pueblo Talking. Un grupo formado por tres niños pequeños y una niña jugaban, se reían, se divertían. Vestidos con sencillas ropas, provenían de familias humildes, pero eso no les impedía disfrutar de su infancia. Escarbando en la tierra, habían encontrado unos gusanitos. Con unos palillos, los movían y contemplaban como se retorcían alrededor de sus palos.

-¡Ya tengo uno!- gritó, emocionado, uno de los infantes, pequeño pero robusto, y el líder del grupo.
-¡Perfecto, lo has conseguido!- se sumó otro de los niños, de cabellos alborotados, y pantalones con tirantes.
-Ya sabes lo que toca, ¿no?- siguió el primero.
-Pe... pero...- balbuceó el tercero de los niños, pelirrojo, pecoso y tímido, intentando evitar lo que le iba a suceder.
-¡Hicimos una apuesta, y la perdiste, no fuiste capaz de levantar las faldas a Clara!- sonrió, pícaro el líder de los amigos.
-En serio que... no tenéis porque hacerle esto...-la niña, de pelo castaño y rizado, hacía esfuerzos por proteger a su compañero de los abusos de los otros dos que, acercándose al pobre pelirrojo, pretendían que se comiese el gusano que acababan de atrapar.
-Has perdido... y te lo vas a tener que comer.

De poco sirvieron las súplicas de la pobre criatura. Nada podía hacer ante las exigencias de sus, en teoría, amigos. Siendo agarrado por detrás por el de pelo alborotado, intentóresistirse como pudo, pero, finalmente, el otro niño acabó por abrirle la boca, e introducirle el gusano en ella con ayuda del palo.

-¡Sois asquerosos!- chilló, sollozando, la niña.
-¡Vamos, trágatelo de golpe, así no te sabrá a nada!- se burló el niño corpulento.

Tragar gusanos no es algo agradable. No era de extrañar pues que al pecoso le entrasen arcadas. Incapaz de digerir al anélido, lo expulsó de su boca, mientras se llevaba las manos a la garganta, intentando en vano hacer desaparecer de su paladar tan horrible sabor.

Mas no todo acababa aquí. Sorprendentemente, y aunque sólo se le había metido un gusano en la boca, tras unas pocas arcadas, escupió una lombriz más. Los demás niños no daban crédito a lo que acababan de contemplar.

-¡Impresionante! ¡Ha tragado un gusano, y ha echado dos!- comentó, pasmado, el niño del pelo revuelto.
-¡Que ascooooo!- la niña se tapó los ojos, para no contemplar tan desagradable espectáculo.
-Me... me siento... mal... me siento... -el niño de pelo rojizo se llevó las manos a la garganta, como si algo se le hubiese atascado ahí. Respiraba entrecortadamente, apenas conseguía que el aire llegase a sus pulmones.

-Ra... Ramiro... ¿estás bien? Sólo ha sido un gusano...-el jefe de los niños comenzaba a asustarse.
-Sí... no ha sido nada... venga, tranquilo- prosiguió el segundo niño.

Pero algo no iba bien. Aquél que estuvo a punto de merendar gusano comenzó a sufrir un terrible ataque de tos, tras el cual, otro de esos viscosos seres salió disparado de su garganta. El horror comenzaba. Sus amigos gritaron de terror, cuando, tras el tercero, el infante escupió un cuarto, después un quinto y, después, sin poder evitarlo, una auténtica vomitona de gusanos, que no se detenía, mientras los ojos de la víctima de tal siniestro ataque se abrían como platos, llenos de miedo y desesperación.

Incapaces de resistir tal horror, su amigos salieron corriendo. El pelirrojo estaba condenado. Los gusanos salían y salían, sin cesar, pero ya no sólo de su boca. Comenzaron también a descolgarse de su nariz, y a asomarse por sus lagrimales.

Los sentimientos de dolor y repugnancia se combinaron en una terrible agonía. El pequeño se retorcía, tambaleándose, intentando contener el ejército de seres anélidos que salía de su cuerpo

Pero nada podía evitar su sentencia. Tras unos instantes que a cualquiera se le hubiesen antojado eternos, Ramiro tropezó y cayó al suelo, para no levantarse más. Continuaría retorciéndose durante algunos minutos, vomitando y llorando más y más gusanos, pero poco a poco, sus movimientos perderían intensidad, hasta que finalmente, dejaría de moverse, sus pupilas tornándose blancas y vidriosas, señal de que había abandonado el mundo de los vivos.

Nunca nadie sería capaz de explicar la tormentosa muerte del pequeño de Isla Talking. Tan sólo una persona podía comprender lo que había pasado. Una oscura silueta que, poniendo uno de sus pies encima del cadáver, alzaba su vista hacia el cielo, esperando, impaciente, un encuentro entre dos nigromantes.

"Diapenta... Quarta... ha llegado la hora de que una de las dos desaparezca para siempre."

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 Asunto: Re: Las gemelas Mordegan: Diapenta y Quarta
NotaPublicado: 06 Dic 2008, 18:07 
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Quarta: La danza de las marionetas:

En mi pequeño hogar de Gludin, me encontraba disfrutando de un relajante baño... realmente lo necesitaba. Nada parecía salirme bien en estos últimos días.

Me había manifestado ante conocidos de Diapenta, algo que no me agradaba, pero, no me quedó mas remedio. Nithael y Clay pudieron mantener una conversación con Quarta Mordegan, mientras que los demás ni siquiera eran capaces de diferenciarme de mi hermana.

Nithael estaba atormentado por un ente maligno. En una extraña muestra de altruismo, Diapenta intentó exorcizarlo, mas fue en vano. Así pues, yo me ofrecí a ayudarle, y a liberar a mi hermana, si él me ayudaba a mí... en realidad pretendía hacerme con el control de tal magnífico ser.

Por otra parte, me enfrenté a Clay. Intenté mermar su valentía amenazándole a través de la manta. Cuando llegó el momento, utilicé a Diapenta como mi marioneta para que acabase con su vida... ¡pero ésta se resistió!

Con lo que también me mostré ante Clay... Le rebelé mis planes... mi venganza pasaba por asesinar a Lobo haciéndome pasar por Diapenta, pero el capitán de Dion fue más listo que yo... confiada en que, si sabía que de mi dependía la vida de mi hermana, no me atacaría, tomé demasiadas confianzas, mas Clay... no era normal. Apunto estuvo de asesinarme, o eso creí. En una situación total de desventaja, me amenazó, y me hizo firmar un juramento de sangre para que ayudase a Diapenta... al final, resultó todo en una treta por parte del astuto gladiador, que en ningún momento pensó en acabar con mi vida.

A partir de ahí, Diapenta fue escapando cada día más a mi control. Por la noche, atormentada por pesadillas, de nuevo las pesadillas de Diapenta... estaba invirtiendo el vínculo que nos unía de maestra y sierva, reflejando mi control mental sobre ella como si de un espejo se tratase, y devolviéndolo hacia mí... Volvían a repetirse las noches en vela.

En mis sueños, veía una silueta negra... una figura femenina, que caminaba, lenta pero inexorable, acercándose, cada vez más, a mi morada...

Y cada día que el sueño se repetía, ella estaba más y más cerca...

Mi plan... era perfecto. Meticulosamente calculado... ¿qué pudo fallar? Mientras jabonaba mi cuerpo, pensaba... yo siempre había permanecido oculta tras las sombras, planeándolo todo desde un punto de vista totalmente objetivo. No había tenido en cuenta los sentimientos, la personalidad de aquéllos que intentaba manipular... todo eso se ha acabado volviendo en mi contra.

Y, así, me ví totalmente desmoralizada, hundida y castigada por mis continuos fracasos y las recurrentes pesadillas. Mi piel se había tornado ligeramente más pálida, mientras que mi humor había empeorado, y ya no lograba mantener esa fría actitud que me caracterizaba.

Mis padres adoptivos, aquéllos que me habían cuidado desde que era un bebé, aquéllos a los que abandoné para ir con mi maestro, y a los que retorné, a la morada de las afueras de Gludin, cuando Jalhalla murió, no eran ajenos a lo que me sucedía, pues ya lo habían vivido en su día. Por ello, no dejaban de inquirirme con continuas preguntas y acusaciones, lo cual me molestaba sobremanera.

Así, mientras cenábamos...

-Hija mía... no has hablado con nosotros en todo el día. Pero ahora no puedes eludirnos. Anoche te escuche gritar. Vuelves a tener pesadillas... ¿verdad?- preguntó mi padre.
-Eso no es de tu incumbencia- le espeté, evitando mirarle a los ojos.
-Cariño... no tienes buen aspecto. No queremos que pases por lo que pasaste cuando eras niña... cuéntanos que te pasa, somos tus padres...-continuó mi madre, mostrando en su voz un tono cariñoso que, sin embargo, no logró calar en mi.
-No, no sois mis padres... nunca lo habéis sido; así que no mostréis compasión por mí-la contesté.

Tal comentario provocó que mi madre se echase a llorar. Mi padre se levantó de la silla y, apoyando con fuerza las manos sobre la mesa, me gritó.

-¡No tienes derecho a hablarle a sí a tu madre! ¡No importa que no tengas nuestra sangre! ¡Te encontramos en la puerta de nuestra casa cuando eras un bebé, y desde entonces te hemos cuidado como nuestra hija!
-Pse...
-¡No creas que no sabemos que estás llevando a cabo rituales y hechizos macabros! Aunque hayas vuelto con nosotros, ya no eres la misma. ¡Ni siquiera quieres contarnos donde has estado! ¿Es que tus padres merecemos ese trato?- mientras me reprendía, las lágrimas resbalaban por su rostro.
-Ya he terminado de cenar- dicho esto, me levanté, con el plato apenas empezado, y me dirigí al baño, deseando olvidarme de todo...

Mas era del todo imposible. Pero no podía dejarme ganar. No por mi hermana. Por su culpa yo no había podido llevar una vida normal. Por su culpa había estado a punto de caer en la locura. Por su culpa me llevé el gran desengaño amoroso de mi vida. Por su culpa...

De repente, un agudo chillido interrumpió mis pensamientos. Era mi madre, que gritaba, pero... ¿por qué?

En ese momento, pensé en lo peor. Sin ni siquiera vestirme ni cubrir mi cuerpo desnudo, salté de la bañera y corrí hacia la sala de estar.

Diapenta...

Al llegar hacia el lugar los gritos, comprobé que Diapenta no estaba allí. Sin embargo, la visión con la que me topé no podía ser menos aterradora.

La manta que yo controlaba bajo el nombre de Praeter se alzaba dominante en el salón. La mesa, donde hace unos minutos se había servido la cena, estaba volcada y los platos y la comida esparcidos por el suelo. Pero lo peor era... era...

...el cuerpo sangrante de mi madre tendido en el suelo.

Al contemplar tal escena, grité. Mi padre, que estaba arrodillado frente al cuerpo de mi madre, se giró hacia mí, con el rostro desencajado por el horror y la ira.

-¡Sé lo que es esto! ¡Es esa maldita manta que te acompaña! ¡Mira lo que has hecho! ¡Has matado a tu madre! ¡Asesina! ¡Eres una asquerosa asesinaaaaaa!

¡Pero era del todo imposible lo que estaba sucediendo! El Hombre Maldito estaba bajo mi absoluto control... ¿cómo había podido atacar a mi madre? ¿Cómo había podido hacer algo así? ¿Por qué... por qué estaba pasando esto?

Paralizada por completo, no podía hablar ni reaccionar. Pero tenía que hacerlo... tenía que alejar a la manta de ahí, antes de que a mi padre le diese un infarto. El poco razonamiento que me quedaba en esos momentos me hizo extender mi mano hacia la manta, ordenándola con mi mente que se alejase de allí...

...mas no me obedecía.

-¿Qué es lo que estás haciendo? ¡Largo de aquí, te lo ordeno! ¡Eres mi siervo, tienes que hacer lo que yo te diga! ¿No me oyes? ¡¡Vete!!

Totalmente en vano. El Hombre Maldito permanecía inmóvil, observándome con un aire impasible e indiferente.

-¡Ni siquiera puedes controlar tu propia criatura! ¡Has sido consumida por la magia negra! ¡Eres despreciable, Quarta! ¡Ya no eres mi hija! ¿Me oyes? ¡Ya no eres mi hija! ¡Saca eso de ahí y vete de casa! ¡No quiero verte nunca más! ¡No eres mi hijaaa!- gritaba totalmente fuera de sí, señalando a la invocación que se hallaba tras él.
-¡Cállate!-le grité con todas mis fuerzas.

Acto seguido, y ante mis horrorizados ojos, la manta se abrió, mostrando el muñeco que guardaba dentro. Éste se extendió hacia mi padre, atravesando su cuerpo con sus cuatro cuchillas.

-¡No! ¡Padre, no! ¡Por favor, detente! ¡Padre!- me llevé las manos al rostro.

Pero la manta no se detuvo. Elevó a mi empalado y agonizante padre. Las cuatro cuchillas que se habían clavado en él, se separaron, dos de ellas en una dirección y las otras dos en la opuesta, despedazándolo.

Durante unos segundos, la locura me consumió. Sujetando mi cabeza con ambas manos, grité como nunca había gritado...

Una hora pasó tras los asesinatos... logré desconvocar a la manta y, tras llorar desconsoladamente la pérdida de mis seres amados, de las dos únicas personas que se habían preocupado por mí, de los dos únicos seres que me habían brindado su cariño y amor desinteresado, me concentré en sentir a mi hermana, sólo para cerciorarme de que no se encontraba aquí, sino lejos, en Dion.

¿Habría logrado ella tomar el control de Praeter? ¿O la muerte de mis cuidadores había sido un deseo de mi subconsciente que había llevado a la manta a obedecer tal macabra orden? ¿Realmente me estaba convirtiendo en una segunda Diapenta? Muchas preguntas martilleaban mi cabeza, mas no podía darlas respuesta alguna.

Enterré a mis padres, y limpié toda la sangre de la sala. La casa estaba algo apartada de la ciudad de Gludin, con lo que nada de esto llegó a ojos ni a oídos de los habitantes de la misma... de nuevo, otras muertes envueltas en la oscuridad.

Al terminar, estaba totalmente agotada. El viento soplaba furioso, moviendo las cortinas, probablemente la ira de las almas de mis difuntos progenitores, que se estaba manifestando. Aunque el miedo me incitaba a mantenerme despierta, el cansancio poco a poco ganaba la batalla. Me puse un camisón y me recosté sobre mi cama, dejando que el sueño me llevase con él...

Pero, justo cuando estaba a punto de dormirme, el sonido de la puerta de mi habitación cerrándose de golpe me sobresaltó. Invoqué un conjuro básico de luz que iluminó levemente y de forma macabra la estancia, pero no había nadie allí. Un susto fruto del maldito viento...

Volví a tumbarme. Poco a poco fui cerrando los ojos de nuevo. Sin embargo, note algo, algo que se apoyaba en mi muslo. Algo que se subía a mi cama, y que se situó encima mío...

Con mi sangre y mi alma totalmente heladas por el terror, miré qué era eso que tenía encima.

Y ahí estaba... arrodillada sobre mi cuerpo, su rostro a escasos centímetros del mío, su frío aliento acariciando siniestramente mi cara, aquello a lo que más temía, la persona que desde que fuera niña, había invadido mis noches con su macabra forma de ser. Un cuerpo idéntico al mío, pero con un alma totalmente podrida...

Mi hermana.

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Mi madre parió gemelos: el miedo, y yo (Hobbes). La tortura consiste en retener la vida en el dolor (Foucault).


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